Las úlceras de Adán
o la conciencia del destierro

Amílkar Caballero de la Hoz
Universidad del Atlántico
Barranquilla - Colombia

                 
La producción poética temprana de Hector Rojas Herazo, escritor sucreño nacido en Tolú (Colombia) en 1921, se sitúa dentro del grupo Mito que aparece inmediatamente después del movimiento Piedra y Cielo.  No obstante, su obra se inscribe, ineluctablemente, dentro de la tradición de la ruptura en la poesía moderna pues no solo se distancia de la estampa vital, espiritual y poética de su vértice generacional y los movimientos posteriores de la poesía en Colombia y Latinoamérica, sino que crítica y rompe con la estética y la moral del siglo, plasmando su voluntad de ser diferente, único, distinto.  Y es, precisamente, en su libro de poemas Las úlceras de Adán (1995), donde el escritor costeño alcanza plena madurez y estampa el sello de su disidencia.  El lenguaje prosaico (la referencia a lo escatológico, en especial) mezclado con la más descarnada imagen, será la constante del libro y el primer signo de su ruptura, de su crítica a la poesía. 

Para Rojas Herazo, el mundo existe porque los sentidos lo dicen.  La única forma de reconciliarse con el cosmos es precisamente "palparlo", "olfatearlo", "lamerlo" y "relamerlo".  Percibimos, entonces, una tentativa de reinvención del mundo, un mundo primitivo que debe ser redescubierto por el hombre a través de los sentidos (el autor señalaba en una ocasión: "soy un compuesto de ansiedad, de adivinación y de cálculo.  He descubierto muchas veces que lo que yo desconozco lo conoce mi intuición.  Sé muy bien, lo sé a fondo, que soy —abierta y descarada, funcionalmente— un primitivo"), de ahí la insistencia en lo fisiológico y en el auto-reconocimiento como herramienta para la identificación del hombre y su entorno.  Aunque, en últimas, el poeta no aspira a la reconciliación del hombre con la naturaleza sino a la del hombre consigo mismo: "ha emergido tu profundo habitante a mirar con tus ojos los ojos que lo miran" ("Anciano ante el espejo", pág. 60), a la reconciliación del hombre con su cotidianidad, con su esencia humana como contraposición a la divina, pues en su universo el hombre no ha sido creado a imagen y semejanza de Dios sino lo contrario.  Así el Dios de Rojas Herazo se queja, se come las uñas, guiña los ojos, pone a secar sus membranas en un alambre, tiene peso, tamaño y medidas.El título del libro apunta, inequívocamente, hacia la dicotomía humanidad (úlceras) - divinidad (Adán).  Esa preocupación ontológica señala un derrotero claro y preciso en la obra de este escritor costeño y se remonta al origen de todos los tiempos.  El autor emprende la búsqueda del ser, de la esencia del ser, indagando el origen, el inicio.  Como lo señaló la profesora Yolanda Rodríguez Cadena, la concepción de la historia en Rojas Herazo apunta hacia la circularidad y se edifica también a través del recuerdo y la memoria.  Con la ayuda de estos elementos, el hombre asumirá su verdadera realidad, su verdadera conciencia de sí que es para el autor la conciencia del destierro.  Así pues, el poeta aspira a crear en el lector la conciencia del destierro (el tema del destierro es leitmotiv persistente en su obra.  En Rostro en la soledad, su primer libro de poemas, aparece ya como tema central en "Límite y resplandor" y "Adán") y más allá de eso, aspira a crear la conciencia de la bondad del destierro, la conciencia de la belleza de los tormentos del destierro; en suma, el autor quiere "deificar la orgía de nuestro tormento", quiere que el lector entre "en el goce de un nuevo y esplendoroso sufrimiento".  La profesora Rodríguez anota en este sentido: "Quizá Herazo intente decir que la agonía, el miedo y el dolor del hombre son precisamente la manera para que éste sea más humano".  Pero el autor sucreño va más allá aún.  Absolutiza estos sentimientos, para él estos elementos son los únicos a través de los cuales el hombre puede aspirar a la reconciliación con su condición humana, a ser "ser", a sumergirse en "el gran todo".  Y como siempre, esta inmersión se realiza a través de los sentidos:

                  Olfateando un posible jardín
                   Donde todos son llagas
                   Y donde toda explicación
                   Ha sido abolida y sellada
                   Por un horror tranquilo

                   "Los reyes ocultos", pág. 66.

Como en Baudelaire, el mal se vuelve presencia indisoluble del hombre, cohabita en él negado, irreconocido, es un "ruido que nos llama entre nosotros":

                  No busquemos la culpa como podrida fruta
                   Para arrojársela a los cerdos
                   Cada uno de nosotros es culpable
                   Cada uno de nosotros es cómplice
                   Cada uno de nosotros el verdugo terrible
                   La culpa come y bebe de nuestra mano
                   Cada día le ofrendamos la sal y el agua de
                   Nuestra sangre.
                   Cada día la sentamos a nuestra mesa
                   Y le damos el fuego para que encienda nuestra mirada.
                   Cada uno de nosotros es la culpa creciendo,
                   Escupiendo,
                   Esperando.

                   "El ruido que nos llama entre nosotros", pág. 34.


Alrededor de esta constante en la poesía del autor sucreño encontramos una de sus fijaciones léxicas en la que la reiteración de los subjetivemas que apuntan hacia la maldad humana es ex-profesamente exagerada.  Crimen, cómplice, culpable, culpa, tormento, verdugo, inocencia, delito, suplicio, son palabras que aparecen en casi todos los poemas.  Como resultado se establece la dicotomía espacial paraíso/tierra que involucra la antítesis divinidad/humanidad, tema central de la obra de Rojas Herazo:

                   A espaldas de él estaba el paraíso
                   Con todos sus demonios y pucheros
                   Y papá Dios haciendo sus globitos
                   Y de este lado estaba la consola,
                   Los muebles, los testigos de la sala,

                   "El amigo", pág 31.

El paraíso cristiano como arquetipo de la bondad y morada de lo divino aparece así ironizado, rebajado, degradado. El hombre tiene el paraíso a sus espaldas y, por consiguiente, a "Dios tocándole la espalda", por ello debe abandonar el sueño de regresar a ese paraíso, debe romper la ilusión de llegar al cielo.  Su reconciliación debe ser consigo mismo, con sus crímenes, sus delitos, con su "mínimo infierno de alegría", con su paraíso (el de la tierra), con el "goce de su nuevo y esplendoroso sufrimiento".  El mito adánico se trastoca.  "La bárbara inocencia, el horror de vagar sin un delito", obligan al hombre a inventar a Dios y situarlo en su cielo bondadoso, para luego empezar, en la tierra, a "extasiarse en el dolor y el egoísmo y el odio", empezar a "conocer la alegría de no ser inocente" para terminar apiadándose de Dios y hospedándolo "en sus úlceras sin cielo", por que el reino del hombre está en "este mundo" (la tierra) y no en "el reino de este mundo" (el paraíso).

Se establece así la dualidad espacial del universo de Rojas Herazo.  Son dos polos irreconciliables, separados por un abismo insondable.  Allí no existe posibilidad de acercamiento.  El hombre quiere pero no puede (y en esto consiste la verdad que busca la poesía del poeta sucreño, en aceptar esa dura realidad y vivir con ella, en aprender que esa realidad es más placentera, más agradable que aquella a la que se aspira) y Dios puede pero no quiere.  Aquí surge la crítica a la figura divina.  Como en Mutis, su Dios pierde el carácter mayestático y se transforma en un ente abúlico, negligente,

                   Socarrón,
                   Tan queriendo y haciendo que no quiere,
                   Que no sabe,
                   Que pase lo que pase seguirá frente a mí
                   Comiéndose las uñas.
                   O poniendo aquel guiño entre sus ojos,
                   Que conozco tan bien que ya me cansa,
                   Para ver si yo le guiño alguno de mis ojos                                                                                             
                   "Confianza en Dios", pág. 13.

Esta concepción acentúa más la diferencia entre la divinidad y la humanidad, separa más al hombre del "Dios que hace globitos" y lo obliga incluso a esconderse de él para afianzar su cotidiana humanidad: 

                   Y cuando Dios llegaba y el demonio preguntando por él,
                   Le ocultaban sus mocos y uñas,    
                   Lo escondían detrás de ellos,
                   Cubriéndolo de chistes y gargajos,
                   Lo ocultaban del todo,
                   Esperando que Dios y su ayudante lo olvidaran.
                   Así por siempre, así será por siempre. 
                   Y está vivo, en su casa y su sueño, entre sus huesos

                   "Pantalones ajados", pág. 37.

Por su parte, la imagen de la muerte se constituye en parte integral de la reafirmación ontológica a la que aspira la poética de Rojas Herazo.  La imagen de la muerte es tópico recurrente y, por ende, podría llevar a un lector desprevenido a pensar en una estética nihilista, en un desarraigo de la vida, y a ver en el autor costeño a un poeta de la muerte y de la nada.  Pero Rojas Herazo es, esencialmente, poeta de la vida.  Su vitalidad se desgaja de su obra ininterrumpidamente; su poesía transpira vida en cada silencio, en cada pausa.  Es una poesía que se aferra a la vida y por tanto aspira a la inmortalidad, respondiendo, como el mismo autor lo señala, a su único y más pueril deseo: "no morir nunca".  Así, la muerte se humaniza, se vuelve presencia cotidiana, se desmitifica, se degrada, se le resta poder.  La muerte saliva, regaña, "lame tus mejillas y tu frente".  Es una realidad que vive entre nosotros, sigilosa, "sin ruido"; compañera infaltable a lo largo de nuestra vida: "Al fin conoces esa muerte paciente, casi húmeda que anidaba en tu sueño antes de ser tú mismo" ("Anciano en el espejo", pág. 60).  La muerte "es un susurro del día, la forma en que la tarde dibuja sus ramajes en un muro" ("Algunos puntos de asombro en el camino", pág. 47). Es el castigo inicial, original; es el destierro y como tal se vuelve vida.  El hombre vive de muerte y con la muerte mucho antes de nacer, "de ser él mismo", pues se le ha dado desde el principio de los tiempos; por eso para Rojas Herazo "la muerte de veras" es la "muerte en vida", la de todo hombre. La reconciliación verdadera del hombre consigo mismo se logra entonces con el reconocimiento de la muerte, con el reconocimiento de "su baba de diamante" y "su repentina lengua mojándolo en silencio".  La aceptación del destierro es la aceptación de la muerte y solo se da cuando "sabes que está ahí, que te mira, que ha olfateado tus tripas y tus huesos, que te mide como presa, como cosa ingerible, ("Eso que está ahí respirando", pág. 61).

Ahora bien, la conciencia del destierro implica necesariamente la conciencia del ser dividido y la aspiración hacia la unidad.  La escisión del yo surge como mecanismo de búsqueda de la unidad: "Unos vagos felipes que se repiten en el mismo Felipe que desliza su apuesto luto en diferentes planos" ("Velázquez", pág.68).  Es apropiado escuchar, en este punto, a Rimbaud cuando anota: "Je est un autre" ("yo es otro") para comprender a Rojas Herazo.  En efecto, en el poema "El amigo", el hablante lírico describe un hombre (el amigo) que lo mira sentado en una silleta de una sala; sin embargo, la referencia espacial (el paraíso a las espaldas y la tierra al otro lado) nos revela al yo poético mirándose a sí mismo desde el interior del amigo; es el yo escindido que se evade y se asume en el otro para poder reconocerse a sí mismo.  Es la otredad asumida como vía de revelación, de reconciliación de la discordia del ser.  El poema "Otra vez el amigo" reafirma esta temática: "soy yo mismo quien me mira en sus ojos, buscando mis palabras, oyendo su respuesta en mis preguntas" (pág. 36).  El poema parece alcanzar ese estado que reconcilia la discordia, ese estado de armonía cósmica, de unidad frente a la pluralidad, objetivo primario de la poesía moderna:

                   Y luego parece despedirse desde esa misma silla
                   En que sigue sentado
                   Para volver después,
                   Fantasma del olvido en otro sueño,
                   Sin que nadie lo espere.

                   "Otra vez el amigo", pág. 32.

En el poeta sucreño el procedimiento de la evasión debe concluir forzosamente con el regreso como etapa última del reconocimiento, de la reconciliación, de la búsqueda, muy a la manera de Cote Lamus, su coetáneo, en La vida cotidiana: "Y regresas a ti, te pierdes en tu asunto" ("Contando con los dedos", pág. 59), "Es a ti a quien regresas, a quien buscas y llamas.  El ausente eres tú que desandas tu sueño" ("Lamento y alegría del flautista", pág. 78).

El destierro impuesto al hombre desde el inicio de los tiempos conlleva, entonces, la dualidad del yo; escinde la conciencia del ser: el yo inconsciente que no acepta el castigo y aspira a regresar al paraíso, apoyado en las enseñanzas de la doctrina cristiana, y el yo pseudo-consciente que se sabe desterrado por siempre pero no lo acepta a cabalidad (dicotomía presente en el yo autorial en su deseo de no morir nunca).  La obra de Rojas Herazo plasma esa división y propende por la autoconciencia del destierro y sus deleites como razón ontológica de la existencia.  Por supuesto, este tópico no es novedoso.  Como señala Octavio Paz, "la conciencia del destierro es una nota constante en la poesía moderna".  Es el manejo que el poeta hace de él lo que impresiona.  Si Gérard de Nerval se finge príncipe de Aquitania, Alvaro de Campos, heterónimo de Pessoa, toma la máscara de vago y Alvaro Mutis la de Maqroll el gaviero; el hablante lírico del poeta sucreño se asume en el amigo, un ente más cercano, espiritual y sentimentalmente, y por tanto, posibilitador de la fusión, de la reconciliación del hombre con su esencia, con su humanidad.  La asunción de la máscara del amigo es una estrategia que permite, en definitiva, "emerger a tu profundo habitante a mirar con tus ojos los ojos que lo miran".

Sin duda alguna, la obra de Hector Rojas Herazo, por su singularidad y "dificultad" requiere una aproximación crítica profunda y seria.  Su universo significativo es vasto e intrincado y, por ende, no debe ser analizado apriorísticamente.  Quizás se podría hablar en el autor costeño, de la fenomenología lírica que mencionaba Sartre, o tal vez del punto de vista antropocéntrico del universo al que alude Hamburger6, lo cierto es que la crítica está en mora de descifrar cabalmente la obra poética de uno de los autores más punzantes y representativos de la poesía costeña.                                                             
                                                        
BIBLIOGRAFÍA:

1. GARCÍA MAFLA, Jaime y ARËVALO, Guillermo Alberto. Mito en historia de la poesía colombiana. Bogotá, Fundación Casa de Poesía Silva, 1991.
2. RODRÍGUEZ CADENA, Yolanda.  "La producción poética de Héctor Rojas Herazo". En: Suplemento Dominical de El Heraldo. Barranquilla, 24 de mayo de 1998.
3. GARCÏA USTA, Jorge.  Visitas al patio de Celia. Medellín, Lealón, 1994.
4. PAZ, Octavio.  Cuadrivio. Barcelona, Seix Barral, 1991.
5. HAMBURGUER, Michael.  La verdad de la poesía. México, Fondo de Cultura Económica, 1991.
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©  Amílkar Caballero de la Hoz

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen I - Número 1
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2000

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FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
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