Los Buendía:
La mitificación de la nostalgia
Para María Alejandra y María Carolina,
mis muchachitas.
Orlando Araújo Fontalvo
Profesor de la Universidad del Atlántico
Magister en Literatura hispanoamericana del Instituto Caro y Cuervo
El sistema de los personajes constituye, de modo incontestable, uno de los problemas centrales en el análisis de la obra marquiana. En Cien años de soledad*, como en toda novela polifónica, es imposible desentrañar una axiología afirmativa y rotunda. Por el contrario, lo que existe es un complejo entramado de perfiles axiológicos que, alternativamente, se afirman y se cuestionan. El texto, a través de distintas voces, arrastra a los personajes en una suerte de vaivén en el que, casi siempre, la ambigüedad impide discernir la postura ideológica del sujeto de la enunciación.
Ahora bien, el primer aspecto en el que quiero hacer hincapié tiene que ver con la polémica realismo-nominalismo. Es decir, el problema antiquísimo (se encuentra ya planteado en El Cratilo, de Platón) de la exactitud del nombre. Mientras el realismo afirma el vínculo natural entre el nombre y el objeto, el nominalismo niega de manera contundente la existencia objetiva de los universales y los considera como simples convenciones. García Márquez, por su parte, desatiende por completo los planteamientos del nominalismo y, en Cien años de soledad, propone un sistema de personajes fundado en la concepción del realismo, esto es, en el que la axiología aparece natural e indisolublemente ligada al nombre.
Esta manifestación fenotextual no hace sino subrayar el carácter realista del proyecto estético de Cien años de soledad. La crítica, que poco ha razonado la obra de Márquez, se ha encandilado con la cola barroca de su estilo y se ha quedado en la superficie. Pero el fondo, la esencia de su proyecto es, a no dudarlo, el realismo. Se lee en la novela, la problemática central del realismo clásico, es decir, "la adecuada reproducción artística del hombre total" (1). La obra de García Márquez pretende, de forma globalizante, totalizadora, mostrar las diferentes formas de fracaso a que se han visto abocadas las tentativas del hombre latinoamericano y universal. Para Lukács, "el verdadero gran realismo retrata al hombre total, en cambio de limitarse a algunos de sus aspectos" (2). Cien años de soledad es, en ese sentido, un proyecto que busca romper, superar las limitaciones del realismo, pero no para negarlo, sino para afirmarlo y desarrollar plenamente su paradigma estético. El norte es diáfano: el hombre está en la tierra para saber quién es, y no importa si para lograrlo tiene que recurrir a medios no racionales como el carnaval.
Ahora bien, en Cien años de soledad no importa cuál sea la trayectoria social de los hombres de la familia Buendía, el conjunto de valores que los hará seres axiológicos está previamente determinado por su nombre. Más aún: la misma constitución física depende también del nombre. Llamarse José Arcadio implica, per se, ser dueño de un extraordinario desarrollo físico. José Arcadio, por ejemplo, es visto por Rebeca como un protomacho cuya respiración volcánica se percibía en toda la casa (p. 189). No obstante, significa también escasa capacidad intelectual: José Arcadio, el mayor de los niños, había cumplido catorce años. Tenía la cabeza cuadrada, el pelo hirsuto y el carácter voluntarioso de su padre. Aunque llevaba el mismo impulso de crecimiento y fortaleza física, ya desde entonces era evidente que carecía de imaginación (p. 97).
Como es sabido, los Aurelianos no poseen la contextura física de sus hermanos. Por el contrario, son desgarbados, aunque compensan su desventaja física con imaginación y clarividencia. Del Coronel Aureliano Buendía, el texto nos dice que no había sacado la corpulencia de los otros (p. 128), era silencioso y retraído. Había llorado en el vientre de su madre y nació con los ojos abiertos (p. 97). De algún modo, los ojos abiertos representan el don profético de los Aurelianos. La capacidad visionaria del coronel, que empieza con el anuncio de la caída de la olla llena de caldo hirviente, llega a su máxima expresión con la sentencia: cuiden mucho a papá porque se va a morir (p. 243). Úrsula, por supuesto, no pone en duda los presagios de su hijo: si Aureliano lo dice, Aureliano lo sabe (p. 243).
Aunque la novela posee, en realidad, un héroe colectivo: los Buendía, el coronel Aureliano Buendía puede considerarse, junto con Úrsula, su madre, el héroe central de la novela. Es, en efecto, un personaje híbrido construido a partir de la figura histórica del general Rafael Uribe Uribe y el talante del patricio liberal Nicolás Márquez Iguarán, abuelo del escritor. Como todos los Buendía, está incapacitado para el amor y, por ende, condenado a la soledad. En el coronel, sin embargo, se encarna el proyecto moderno de la ilustración. Por razones éticas o, si se quiere, por orgullo, el coronel Aureliano Buendía abraza la causa liberal y promueve treinta y dos guerras fallidas contra el régimen conservador.
El coronel, si aceptamos la hipótesis según la cual la novela es un Bildungroman, es decir, una novela de formación, abandonaría su ideario al darse cuenta de la imposibilidad de alcanzar valores auténticos en un mundo reificado. Llegaría, en términos de Lukács, a una suerte de madurez viril, un estado de lucidez perfectamente compatible con su condición de visionario, que le permitiría caer en la cuenta de que la única diferencia entre liberales y conservadores era el horario en que asistían a la misa.
Otra clave para adentrarnos en el análisis de los personajes masculinos, nos la proporciona el mismo autor en una declaración: "los José Arcadios prolongan la estirpe, pero no los Aurelianos. Con una sola excepción, la de José Arcadio Segundo y Aureliano Segundo, probablemente porque siendo gemelos exactamente iguales fueron confundidos en la infancia"
(3) .
Los personajes masculinos están condenados, por su nombre, a una determinada apariencia física y a una específica axiología. Cuerpos y comportamientos se repiten en un periplo que va del primero al último de la estirpe. José Arcadio, el fundador, y el Aureliano con la cola de cerdo son los únicos que condensan las dos vertientes. En otras palabras, José Arcadio Buendía abre una especie de círculo axiológico que se cierra con el último Buendía. La fuerza del fundador se evidencia en su enfrentamiento con Prudencio Aguilar: La lanza de José Arcadio Buendía, arrojada con la fuerza de un toro, (...) le atravesó la garganta (p. 105); y luego con Apolinar Moscote: José Arcadio Buendía no supo en qué momento se le subió a las manos la fuerza juvenil con que derribaba un caballo (p. 150). Sin embargo, el primer Buendía era dueño también de una desaforada imaginación (que) iba siempre más lejos que el ingenio de la naturaleza, y aún más allá del milagro y la magia (p. 80). Es decir, en José Arcadio Buendía se conjugan la imaginación y la fuerza. Lo propio sucede con el último de la estirpe, que era un Buendía de los grandes, macizo y voluntarioso como los José Arcadios, con los ojos abiertos y clarividentes de los Aurelianos
(p. 552).
Lo anterior permite sacar ya algunas conclusiones. Primero, si la constitución física y axiológica de los personajes está previamente determinada por el nombre; tenemos entonces, además del fundamento realista que ya hemos anotado, un problema de fatalismo. Es decir, todo sucede por ineludible determinación del destino. Ahora bien, si los mismos nombres se repiten de una generación a otra, quiere decir también que padres, hijos y abuelos están atados al mismo conjunto de valores que orienta sus acciones en el mundo. ¿Significa esto, acaso, ausencia de progreso?
La axiología de los hombres, en todo caso, los empuja hacia la locura de los inventos, las parrandas, las guerras. Úrsula lo dice bien: Así son todos...locos de nacimiento (p. 293). La sensatez, por el contrario, es patrimonio de las mujeres. Dice el autor: "Creo que las mujeres sostienen el mundo en vilo, para que no se desbarate mientras los hombres tratan de empujar la historia" (4) . En esta particular concepción del mundo, expresada a partir de la axiología de los personajes, es necesario subrayar la importancia del habitus ideológico del novelista. Es decir, el sistema de disposiciones mentales adquirido por García Márquez a lo largo de su trayectoria social, más exactamente en las específicas relaciones históricas que supuso su infancia. La socialización con los abuelos es, sin la menor duda, determinante en este sentido.
La caracterización del sistema de los personajes femeninos no es tan elaborada como en el caso de los hombres; no obstante, un factor que arroja luz sobre la axiología femenina es la sexualidad. Mujeres como Úrsula o Fernanda, a pesar de los hijos, son prácticamente asexuadas. El hecho de ser "las señoras de la casa" les impide expresar libremente su dimensión sexual. En oposición a ellas, están Petra Cotes, en su papel de concubina, y Pilar Ternera, en sus múltiples facetas de mujer alegre, celestina, puta o, para utilizar un eufemismo, iniciadora sexual de los Buendía. Fernanda ilustra la situación al calificar a Petra Cotes como:
"Una desdichada a quien bastaba con verle las nalgas, bueno, ya estaba dicho, a quien bastaba con verle menear las nalgas de potranca, para adivinar que era una, que era una, todo lo contrario de ella, que era una dama en el palacio o en la pocilga, en la mesa o en la cama, una dama de nación, temerosa de Dios, obediente de sus leyes y sumisa a sus designios, y con quien no podía hacer, por supuesto, las maromas y bagabundinas que hacía con la otra" (p. 450).
A través de Fernanda, el escritor se mofa, además, de la cultura solemne del altiplano, de sus costumbres anacrónicas y sus ridículas ínfulas de grandeza:
"Imagínese, ni más faltaba, con la hija única y bienamada de doña Renata Argote y don Fernando del Carpio, y sobre todo, de éste, por supuesto, un santo varón, un cristiano de los grandes, Caballero de la Orden del Santo Sepulcro, de esos que reciben directamente de Dios el privilegio de conservarse intactos en la tumba, con la piel tersa como raso de novia y los ojos vivos y diáfanos como esmeraldas.
"—Eso sí no es cierto --la interrumpió Aureliano Segundo--, cuando lo trajeron ya apestaba" (p. 452).
En medio de las diferencias entre hombres y mujeres, los puntos de convergencia están determinados por la soledad, fruto de la incapacidad para el amor, y su inclinación por el incesto. Esto último es, en realidad, la pasión dominante de la familia. José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán, la pareja primigenia, estaban ligados hasta la muerte por un vínculo más sólido que el amor: un común remordimiento de conciencia. Eran primos entre sí (p. 103). José Arcadio, hijo, es iniciado sexualmente por Pilar Ternera, que puede ser su madre; de hecho, José Arcadio quería estar con ella en todo momento, quería que ella fuese su madre (p. 110). El mismo José Arcadio, al término de su periplo gitano, se casa con Rebeca, prima segunda de Úrsula, criada como un miembro más de la familia, y a quien José Arcadio llamaba hermanita. Del mismo modo, Arcadio se siente atraído sexualmente por Pilar Ternera, su madre, y hasta pretende acostarse con ella:
"Arcadio la agarró por la cintura con su tremenda fuerza hereditaria, y sintió que el mundo se le borraba al contacto de su piel. 'No te hagas la santa', decía. 'Al fin, todo el mundo sabe que eres una puta'. Pilar se sobrepuso al asco que le inspiraba su miserable destino" (p. 213).
Aureliano José y su tía Amaranta protagonizan quizá el más célebre episodio incestuoso de la novela. Se buscan, se desean, y no sólo durmieron juntos, desnudos, intercambiando caricias agotadoras, sino que se perseguían por los rincones de la casa y se encerraban en los dormitorios a cualquier hora, en un permanente estado de exaltación sin alivio
(p. 247).
Así podría seguirse hasta la pareja final de Aureliano Babilonia y Amaranta Úrsula. Binomio incestuoso que habría de amarse como ningún otro y buscarse por los laberintos más intrincados de la sangre, hasta engendrar el animal mitológico que había de poner término a la estirpe (p. 558).
El incesto significa, en esencia, tabú; a su vez, toda prohibición supone un castigo. Los Buendía son una estirpe predestinada a la pasión incestuosa y a su correspondiente sanción. Ahora bien, desde una perspectiva psicoanalítica, en el desarrollo sexual de los seres humanos, es natural la inclinación del hijo hacia la madre o de la hija hacia el padre, es decir, los complejos de Edipo y Electra, respectivamente. Sin embargo, el desarrollo normal lleva a los individuos a ubicar su deseo sexual en un ser externo a la familia. Por tanto, toda inclinación hacia el incesto tiene, necesariamente, connotaciones regresivas.
En este punto, la problemática del incesto parece responder afirmativamente la cuestión en remojo sobre la ausencia de progreso. García Márquez pone en entredicho la noción de progreso tal y como se concibe desde la perspectiva moderna. Es, de algún modo, como si el progreso no le hubiera servido de nada al hombre latinoamericano. Cien años de soledad exhala un aire premoderno que es un envite al pasado, a algo anterior. Aspecto comprensible si tenemos presente que en el entramado polifónico de la novela, la voz dominante no es la del telegrafista, sino la del coronel Nicolás Márquez, patricio liberal que añoraba los tiempos en que no había llegado a Aracataca la hojarasca de los emergentes. La conclusión es, entonces, que a América Latina la verdadera modernidad no ha llegado, pues los proyectos modernos (o modernizadores) han sido impuestos siempre desde arriba, transplantados, y nunca han sido el fruto coherente y gradual de las masas del continente.
NOTAS:
* Gabriel García Márquez. Cien años de soledad. Madrid, Cátedra, 1997. Todas las citas corresponden a esta edición (8a.)
1. Georg Lukacs. Ensayos sobre el realismo. Buenos Aires, Siglo Veinte, 1965, pág. 14.
2. Op. Cit., pág. 13.
3. Plinio A. Mendoza y Gabriel García Márquez. El olor de la guayaba. Bogotá, Oveja Negra, 1982, pág. 78.
4. Op. Cit., pág. 79.
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© Orlando Araújo Fontalvo
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen I - Número 1
Abril-Mayo-Junio de 2000
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
BARRANQUILLA - COLOMBIA
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