Desilusión cósmica
Antonio Mora Vélez
El autor, nacido en en la ciudad de Barranquilla pero residente en tierras de Córdoba y Sucre (Colombia),
forma con René Rebetez, ya fallecido, el dúo más importante de escritores colombianos
que han cultivado la ciencia ficción. Escrito en 1979, "Desilusión cósmica" se mantenía inédito.
El autor lo ha cedido gentilmente para ser publicado en LA CASA DE ASTERIÓN.
La joven vedette del teatro de variedades de la gran ciudad cosmopolita colombiana había decidido esa noche, después de la función de cierre, dar un paseo por el malecón que bordea el mar desde la desembocadura del río Magdalena hasta el hermoso balneario de "Moñitos".
Tomó su pequeño automóvil de turbina marca "Jegua" y se deslizó suavemente por la autopista a 150 kilómetros por hora, rompiendo la brisa costera y perturbando el silencio de los alcatraces que a esa hora se juntan sobre las ramas de los mangles para aguardar el olor de la mañana.
Sybila —que así se llama la hermosa bailarina— había representado minutos antes la opereta "Onomá" de Zumaqué y todavía repetía mentalmente los movimientos rítmicos de cumbia y de porro que la princesa zenú bailaba sobre la cima del Murrucucú, cuando una luz enceguecedora la obligó a frenar intempestivamente y a casi estrellarse contra la baranda de la autopista. Luego de reponerse del susto y del enceguecimiento, bajó del auto, que empezaba a calentarse peligrosamente, y se lanzó a correr hacia el monte tratando de encontrar refugio, pero el rayo de luz la persiguió y no la dejó llegar.
Sybila se vio al instante envuelta en un torbellino de energía que se parecía al efecto de los reflectores sobre el escenario pero que la aprisionaba como si estuviera en una cárcel cónica de material transparente. Y comenzó a ascender lentamente hacia el lugar de donde salía la luz (un punto brillante en el espacio oscuro de las diez de la noche) y a sentir la sensación de ingravidez de los astronautas, mientras pensaba, sin poder evitarlo, en la ascensión ocurrida en Betania veintiún siglos atrás.
Poco a poco el punto brillante como una estrella de jaspe se fue agrandando ante sus ojos y adquirió las dimensiones de una impresionante cosmonave de forma esférica. Ahora el rayo parecía un viaducto salvador que la protegía del frío y que la transportaba sin tropiezos. Al final del mismo, Sybila alcanzó a distinguir la figura y el brillo de una perla gigante que conjugaba las propiedades aparentemente contradictorias del vacío y la solidez. En sus cercanías, el espacio interior del rayo se fue convirtiendo en una masa gelatinosa que no le permitía moverse a plenitud.
Cuando traspasó el umbral de la perla, Sybila tuvo la sensación de que rompía una membrana, una especie de placenta cósmica que resguardaba el ambiente interior de ese vehículo extraterrestre. Al entrar recuperó la seguridad de movimiento y se dio cuenta que respiraba el mismo aire de La Tierra. Encontró una sala de paredes vítricas de color ónix y un piso maravilloso que transparentaba el espacio azabache y su infinito enjambre de estrellas. Casi al instante un ovillo de luz se convirtió en silla frente a sus ojos asombrados. En ella se sentó, después de vencer el temor natural del hombre hacia lo desconocido.
—¡Sybila! —dijo una voz metálica pero dulce. Sybila se puso de pie y comenzó a buscar al autor del llamado, por todos los rincones de la sala. La voz se escuchó de nuevo.
—...Eres la mujer más hermosa de la Tierra..., te observo desde hace días en tu espectáculo de variedades. Me gusta tu representación de "Onomá", tu danza, tu cuerpo, tu rostro...
Sybila continuó buscando la fuente, el lugar de donde salía la voz.
A los pocos minutos resplandeció una de las escotillas interiores, sutilmente disimulada en la pared, y apareció el cuerpo del astronauta de la voz metálica, también con un brillo pero más intenso que el amarillo crema de la perla recién abierta. Tenía el color de la turmalina. Sybila retrocedió instintivamente.
—No temas —dijo él y se acercó más.
Sybila retrocedió otra vez pero reparó en sus detalles. Tenía la misma configuración del ser humano pero carecía de pabellones auriculares y la boca era tan pequeña que a lo lejos resultaba imperceptible. Tenía, en lugar de fosas nasales, un singular filamento en forma de espiral y una frente amplia y limpia que inspiraba respeto. No era hermoso, a juzgar por los patrones de belleza nuestros, pero poseía una mirada magnética, penetrante, que fue suficiente a Sybila para encantarse con él. Así lo sintió ella cuando se dejó tomar de las manos y conducir a un lugar más amplio, decorado con cortinas blancas y totalmente alfombrado de un azul mañanero y terso. La voz del joven astronauta la hizo volver en sí.
—¡Desnúdate, Sybila! —le dijo, con naturalidad, sin inmutarse.
Sybila lo pensó un instante pero comprendió que estaba a mil millas sobre la ciudad Caribe y comenzó a despojarse de su conjunto de calle, pieza por pieza, con la elegancia y maestría de una modelo, hasta que quedó completamente desnuda. El joven la contempló con la fascinación de un niño y el asombro de un artista del mármol. Sybila pensó entonces en la posibilidad del ayuntamiento carnal y hasta experimentó un raro sentimiento de orgullo porque él la había escogido entre todas las mujeres de La Tierra y porque sería, de efectuarse, la primera unión de amor en un lecho espacial entre una mujer terrícola y otro ser de la galaxia, y porque sería, con suerte, la madre del primer hijo cósmico de la historia.
—Me llamo Tubal Arum y desciendo de los primeros expedicionarios de Tau Ceti que llegaron a este planeta hace dos mil años.
El extraterrestre recorrió con su dedo índice todos los caminos del cuerpo de Sybila y ésta sintió el cosquilleo de la pasión y se dejó caer sobre el piso mórbido de la astronave, vencida, completamente dispuesta. Le preguntó, al tiempo que se tendía en el piso, por qué decía ser descendiente:
—¿Es que acaso, naciste aquí entonces?
Tubal se sentó frente a ella, a la manera yoga, y le dijo:
—Hace exactamente mil novecientos setenta y nueve años mis antepasados llegaron a este planeta. Se enteraron de que antes que ellos, una expedición del extinto planeta Dzhin provocó una guerra entre dos pueblos primitivos de la época. Estudiaron la historia de entonces y concluyeron que tal desgracia fue propiciada por el bajo nivel de desarrollo cultural de tales pueblos y por la imprudencia de los dzhijanos... Por esto hemos demorado en darnos a conocer a ustedes.
—¿Nos consideran también atrasados culturalmente? —interrogó Sybila, insinuándose con coquetería.
—Sí. Tienen un buen nivel científico y tecnológico pero ética y políticamente dejan mucho que desear...
—Entonces ¿por qué me has raptado? —insistió la hermosa bailarina de Ciudad Caribe.
—Es algo que no debo responder..., por vergüenza —contestó el astronauta. Retiró entonces su rostro brillante a un lado, eludiendo los ojos de Sybila.
—No creo que sea una desvergüenza —le dijo ésta volviéndose coqueta de medio lado y apoyándose en su brazo derecho mientras se rizaba el cabello echando mano de un gesto típicamente femenino.
Tubal se la quedó mirando ahora y olvidó el relato de sus antepasados. Sus dedos largos como raíces volvieron a explorar la geografía erótica de Sybila y ésta se acostó de nuevo y le señaló el camino de la aurora a Tubal, pero Tubal permaneció indeciso. (Explorador turbado por la belleza del tesoro encontrado).
—¿Por qué no te quitas el vestido? —le preguntó Sybila.
Tubal cambió de colores. Su tez asumió todas las tonalidades del rojo y casi que bruscamente se apartó de Sybila, quien no alcanzaba a entender la conducta de su raptor, a mil millas sobre cualquier testigo inoportuno.
—No puedo, sería catastrófico —le respondió. Sybila pensó entonces en lo inimaginable y creyó que a Tubal le preocupaban las dificultades orgánicas del acoplamiento...
—Tubal..., muéstrame tu cuerpo —insistió.
Tubal Arum escuchó serenamente la solicitud de la mujer. Había recobrado la calma ceremonial del principio y procedió a quitarse, pieza por pieza, la indumentaria hasta que quedó completamente desnudo pero ligeramente cubierto por la sombra de un batiente de la sala. Sybila buscó la luz en todo el cuerpo de Tubal.
—¡No es posible! —exclamó aterrorizada.
—Más que posible, es verdad —le respondió Tubal con un tono de pesadumbre. —Como puedes ver...
Sybila recorrió otra vez el cuerpo del astronauta con la vista y se fijó en su zona erógena, tratando de descubrirle el sexo.
—¿Quién eres, por Dios? —le preguntó entonces, acercándose y tomándolo por los hombros.
Tubal miró a un lado y le contestó de un modo casi impersonal:
—Soy un orgci. Un ser creado por nuestros antepasados de Tau Ceti para perpetuar la presencia de nuestra civilización aquí en La Tierra.
Sybila, enternecida con el dejo melancólico de Tubal y ya recuperada de la desilusión, trató de consolarlo. "Hace tiempo leí una obra en la que se narra el amor de un hombre con una mujer semejante a ti llamada Lorna. ¿Y sabes lo que pasó al final? Que el amor venció la incompatibilidad existente entre ambos. ¡Y hasta tuvieron hijos!".
Tubal Arum bajó la cabeza mientras Sybila se apretaba a su cuerpo con ternura. Entretanto, la cosmonave iniciaba el descenso hacia la costa de Pasacaballo, en la que un grupo de la policía vial tomaba los datos del automóvil abandonado sobre la autopista.
Montería, 1979
_________________________________________
© Antonio Mora Vélez
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen I - Número 1
Abril-Mayo-Junio de 2000
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
El URL de este documento es:
http://lacasadeasterion.homestead.com/v1n1cosmi.html