La ensenada

Andrés Vergara
avergara@embera.udea.edu.co
Medellín - Colombia


En la oscuridad de las nueve y quince de la noche golpearon la puerta tres veces, fuerte, con rabia. Los golpes estremecieron los canceles y la vibración se prolongó hasta el techo de zinc, que pronunció un eco quejumbroso. Madre e hijo, cada uno desde su lecho, alargaron los oídos detrás de los pasos que se fueron escalas abajo, hasta desvanecerse en el murmullo de la cañada. Ambos conocían al dueño de esos pasos y de esos golpes contra la puerta, pero ninguno haría nada.

—Desde el cielo nos ven, hijo, no cometas locuras —había advertido la madre.

Carlos había obedecido, no por miedo al cielo ni a Malonso, sino por darle tranquilidad a su madre. Pero esos golpes dos veces cada noche eran como un anuncio de que la tranquilidad estaba prohibida.

La madre nunca podía dormirse antes del regreso de Malonso, que después de golpear la puerta caminaba unos cincuenta metros más para llegar a casa. La vieja, cuando sonaban los primeros tres golpes en la puerta, y escuchaba los pasos que seguían en busca de las calles más abajo de esas escaleras laberínticas bordeadas por ranchos, tugurios y unas cuantas construcciones de ladrillos desnudos, comenzaba a tejer su angustia con las agujas de su insomnio. Hasta que los pasos retornaban en la madrugada. Los reconocía y comenzaba a templarse la cuerda de su tensión; a cada paso se tensaba más y más, hasta que eran descargados los tres golpes contra la puerta de madera. Entonces la mujer, que nunca pudo dejar de asustarse con los golpes para los que se preparaba durante su insomnio, sentía reventarse el hilo de su tensión. Cuando los pasos se perdían escalas arriba, podía dormir tranquila.

Las noches en las que Malonso no regresaba, la mujer no podía dormir, como si esos tres golpes en la madrugada fueran el reloj despertador de su sueño, pues entonces le llegaba un sueño tan fulminante como el de su hijo, quien caía a la cama rendido tras sus largas jornadas como ayudante de albañilería.

Pero ahora Carlos no podía dormir. Desde la llegada de la oscuridad había sentido la noche cargada de un presagio, el mismo presagio que se le había metido años atrás, en la tarde en que terminó su amistad con Malonso.

A las once y media de la noche Carlos seguía despierto. Esta noche su mente estaba invadida de pensamientos y recuerdos que lo empujaron a tomar una decisión: cuando Malonso le descargara tres golpes a la puerta recibiría tres golpes más rabiosos. A la una de la madrugada comenzaría el acecho. Malonso nunca regresaba antes. Tratando de no hacer ruido buscó el cuchillo con el que su madre tasajeaba la carne, lo envolvió en una hoja de papel periódico y regresó a la cama. Buscó la hora: las once y cuarenta y cinco minutos.

Contra su voluntad, su memoria lo arrastró por recuerdos por los que Carlos rodaba como por un despeñadero. Aparecieron imágenes en las que él y su amiguito Alonso jugaban en su lugar preferido: la quebrada. Ni las reprimendas de las madres, ni los castigos habían logrado persuadir a los niños para que dejaran de pasarse tardes enteras chapuceando en los charquitos que armaban con sus diques de piedra. Construían océanos y con trocitos de madera formaban sus flotas. Entonces entraban en feroces batallas, capitanes buenos contra piratas malvados. Cuando encontraban una rana era tarde de fiesta. Siempre terminaban con la ropa empapada, lo que significaba regaño seguro, regaños de madres resignadas.

Pasó el tiempo y vinieron muchos más habitantes. La loma se fue poblando de ranchos. Casi todos buscaban el terreno firme y llano, más allá de "la quebrada"  ninguno de los habitantes sabía que esa quebrada se llamaba El Aguacatillo. Pero cuando esos terrenos estuvieron poblados o cercados comenzaron los banqueos en las orillas de la quebrada.

Justo en el puerto de Carlos y Alonso construyeron el nuevo puente peatonal. Después, en comunidad, construyeron la prolongada escalera, ranchería arriba.

Aunque los muchachos se resistían a perder su refugio, el agua ya no tenía transparencia. Tierra, basura y alcantarillas nuevas hicieron imposibles los océanos de las maravillas. Ahora sí, las madres hubiesen tenido mejores argumentos para desterrarles de la quebrada, pero no fueron necesarios.

Una tarde se interrumpió el juego para siempre. Inútil para mar, los niños usaban la quebrada como campo de tiro. Aprovisionados de piedras, convertían en blanco a cuanto objeto bajaba arrastrado por la corriente. Los "peces gordos" eran las latas.

Hacía rato no bajaba ningún objetivo y ya los muchachos comenzaban a reconocer su gran aburrimiento, cuando apareció una rata. El primero en lanzar la piedra fue Carlos, pero no acertó e inmediatamente renunció. Pero Alonso, en una actitud que parecía eufórica, descargó su arsenal en ráfagas contra la rata que daba vueltas atontada entre las piedras y la basura.

—No le pegues más —dijo Carlos. Pero Alonso no escuchó. La rata ya había abandonado la lucha. Sin fuerzas, demolida por las pedradas, pero pesada para la débil corriente, permaneció caída, con su vientre expuesto. La piedra cayó cortante. El vientre se abrió. Ante el miedo de Carlos, Alonso pareció más excitado, y un poco por aterrorizar al amiguito, un poco por demostrar su valentía, siguió lanzando piedras hasta que por la herida emergieron los fetos, diminutos, rosados. Allí sí, el muchacho se desconcertó.

Los ojos de la rata, que reflejaban el sol de la tarde, permanecieron fijos en el punto por donde desaparecieron los abortones arrastrados por la corriente. Así murió.

—Yo no sabía, yo no sabía —decía Alonso.

Pero Carlos seguía en cuclillas, la mirada fija en el animal muerto. De pronto se paró y pasó por un lado de Alonso, quien, en tono de ofendido, lo desafió:

—No llore por una rata, mujercita. Los hombres no lloramos.

Allí terminó la hermandad. Aunque Alonso lo buscó, llamó a su puerta, nunca obtuvo respuesta de Carlos. Entonces buscó por las calles que morían abajo del rancherío, y encontró compañeros. Mientras, Carlos volvió a ser un muchacho solitario.

Cuando encontró un trabajo como ayudante de albañilería, sus manos ajadas por el cemento y encallecidas contrastaban con su rostro de niño. Alonso, por el contrario, seguía con sus manos de niño, pero ya eran ágiles en el manejo del cuchillo, y su mirada era de viejo. Sus andanzas pronto le granjearon la metamorfosis de su nombre: Malonso.

A medida que crecía su rabia, sentía la necesidad de mortificar a Carlos. A veces tocaba a su puerta, con la convicción de decirle: "Perdóneme hermano".

Otras veces iba puñal en mano, listo para matarlo. Pero las pocas veces que se encontraron de frente, en el camino, Malonso pasaba sin mirarlo. "¿Qué haría si le abriera la puerta?" —se preguntó Carlos.

El sonar de una sirena lejana lo sacó de sus cavilaciones. Miró la hora: eran las once y cincuenta y cinco minutos. Palpó el cuchillo a través del periódico. Dentro de una hora comenzaría la acechanza.

Repentinamente de entre el murmullo de la cañada emergieron los pasos de alguien que corría escalas arriba. Madre e hijo se sobresaltaron por los tres golpes contra la puerta. Golpes de quien tiene prisa. Carlos, que no estaba preparado, se quedó inmóvil sin entender el "ábrame hermano, ábrame". La sorpresa tampoco lo dejó interpretar el tropel que ascendía por las escalas.

—No me maten —suplicó Malonso. Unos pasos rodaron por las escalas.

—Ahí va —gritó desde la puerta del rancho una voz desconocida. Los pasos persecutores también corrieron escalas abajo.

Cuando Carlos pudo desenmarañar los sucesos que se encadenaran tan velozmente, encendió la luz y buscó sus zapatos.

—No vaya, hijo, no vaya --dijo la madre con voz de resignación.

Pero Carlos, reventada también la cuerda de su tensión, corrió escalas abajo. Encontró un rastro de sangre y lo siguió hasta el puentecito. Entonces escudriñó la cañada y pudo ver que allí, donde antes estuviera su oceano de la fantasía, estaba Malonso. Yacía boca arriba. Los ojos y la sangre que manaba de su vientre abierto brillaban con la luz de la luna.

Agua, agua alcanzó a murmurar. Y carlos hizo cuenco de sus manos para recoger agua. Había avidez en el moribundo.

El ruido de un plástico atrajo sus miradas. Era una rata que llegaba a la escena. También estaba el brillo de la luna en sus ojos.

—Yo no sabía hermano, yo no sabía —alcanzó a lamentarse Malonso antes de que la vida se le fugara por la herida del vientre. La rata desapareció en la oscuridad.
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©   Andrés Vergara

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282


Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen I - Número 1
Abril-Mayo-Junio de 2000

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
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