El Caribe purgatorial:
Héctor Rojas Herazo o la imaginación del fuego

Rómulo Bustos Aguirre
                   Universidad de Cartagena                 

        Siempre me ha suscitado particular interés la seducción  que la sustancia ígneo-luminosa  parece operar sobre la imaginación de Héctor Rojas Herazo. Sobre el cañamazo de sus obras  se puede rastrear su urdimbre, a veces como fina, delicada bordadura, festones o  silueteos, otras como marcas de hierro al rojo vivo. En verdad se trata de una presencia  estilística obsesiva, es decir, con fuerza  estructuradora,  que recorre su obra poética, narrativa  y pictórica. De modo que bien podríamos hablar en su caso, haciendo un guiño a Bachelard, de una imaginación del fuego (1).                    

         El propósito que se traza este borrador es indagar en algunas figuraciones de esta  orientación incandescente de la imaginación en su novela En Noviembre llega el Arzobispo, figuraciones en que se anuda lo existencial con lo geográfico y  lo histórico-cultural para  dibujar,  sobre   la espejeante —elusiva,  fragmentaria, en fin, enigmática—  superficie del caribe, un rostro, una representación, una lectura posible del hombre y de una geografía  que hemos denominado purgatorial.   
               
         La noción de geografía  es un aspecto fundamental en las reflexiones que este autor ha  desarrollado en la conformación de una poética. Sin ir más allá  pensemos en el patio, tan capital en su obra,  como microcosmos geógráfico. Ya lo dijo él  en alguna ocasión en una frase que es ya emblemática: "No soy de un pueblo, soy de un patio". Desde luego en la noción  de geografía hay invocación a una cultura y a una historia, a una circunstancia, en fin, que, diciéndolo con sus palabras  "nos ha sido impuesta con ferocidad".                   

         La profunda relación entre el enigma del ser y geografía hace que estas otras palabras suyas, referidas a Guimaraes Rosa, realmente  se vuelvan sobre sí mismo y su propia obra, con Rojas Herazo, pues, "Vamos a encontrarnos con una geografía contaminada por los sentidos de un hombre, por su única e intransferible subjetividad. Quiero decir que vamos a ser sacudidos por una comarca que fue tenaz y dolorosamente absorbida y  —luego de una profunda maceración, de una rigurosa digestión conciencial— otra vez devuelta, estilísticamente regurgitada, en sus criaturas y en el decurso de su tiempo particular" (2).                   
         Abriendo la edición de Oveja negra (Bogotá., s.n.f ) de En noviembre llega el arzobispo (3) en las páginas consecutivas 224-225 encontramos las siguientes imágenes : "la mano derecha del espejo, con un fulgor de llama, aleteó sobre las mejillas";  "Como si el traje gris  y el rostro ajado por el cansancio y las pulseras que ardían al final de aquellos brazos hinchados fueran el resultado de su propio desvelo"; "Todo el cuerpo de piel rocosa manchado por arañazos de lodo, ardía como un leño en el sol del crepúsculo". Y en la página 233: "Don Arsenio mira la plaza por encima de sus lentes. Una ofrenda de vidrios asciende de la hierba hacia los techos, convirtiendo el lejano bloque de la alcaldía en una ardiente zarza de cal". Verdaderas gemas verbales, diríamos; pero , en realidad, más que gemas con  su correspondiente saldo preciosista --tan modernista él--, pudiéramos verlas como verdaderos ideologemas,  condensadores e irradiadores de significación, guiños  luminosos del sentido. A riesgo de fatigar, sigamos con algunos  otros ejemplos: "Ella ladeó el cuerpo (removió todos aquellos planos de grasa y luz, de tensiones ocultas que despedían con el castigo un exasperante olor a manteca de pepita, a caballo y úlcera fresca"  (p. 39); "--¿Estará allí? --dijo con anhelo la figura detrás de la llama" (p. 30); "Miró hasta el final, la calle recta, de fúlgida arena, hundiéndose en el mar como espada chirriante"; "Ahora el enfermo no se movía. Estaba lleno de luz y suspiraba con angustia (p. 22); "Parecía asomado a una celda, con el sol detrás de  los hombros y su cara redonda veteada por la penumbra de un sombrero (p.22). Los siguientes corresponden a la misma página (p. 77):  "mirándole sus ojos dorados sobre su rostro y su traje ensangrentados por la luz de la tarde"; "Los muslos y los dedos del médico ardían en el rescoldo del crepúsculo como leños  y virutas de roble. Los dos atendieron algo errante, que no era solamente la brisa, gimiendo entre la hoguera de los almendros"; "Nife ardía como un huso de metal en el centro de la puerta del patio"; "Miró a su mujer ardiendo en la misma llama en que penaban los tres naranjos". Diríase que los seres y las cosas —el idioma mismo—  parecen sometidos a una suerte de insolación. El trazado vocabular se incendia de imágenes:  combustión, abrasamiento, ardimiento, quema, llama, fulguraciones, resplandecencia, carbón, sofocación, sudor, agrietamiento, ceniza, todas en  su doble valencia físico-emocional.

         En realidad toda esta serie de variantes del elemento ígneo  son cruces de camino  de lo geográfico y lo existencial, como ya dijimos. El sol, desde luego, como símbolo de nuestra geografía, es  una de las referencias privilegiadas de estas figuraciones del fuego. A su imagen fecundadora, salvífera, dadora de vida, se han consagrado diversas culturas del viejo y nuevo mundo. Sin embargo en el caso de Rojas Herazo este símbolo parece haber sido despojado de su halo benéfico. Junto a  la representación de Rojas Herazo la imagen que nos suministra, por ejemplo, Andrés  Bello en su elogio de la zona tórrida, suena irónica: "¡Salve, fecunda zona, / que al sol enamorado circunscribes / el vago curso, y cuanto ser se anima / en cada vario clima / acariciada de su luz concibes!"  A lo que se asiste  en Rojas Herazo es al aspecto inclemente,  devastador de la solaridad. Más que en sol habría que pensarse en  horno, fogón , hoguera en lo alto.  En realidad, el fuego es centro de un doble clima: un clima geográfico, una manifestación externa, escenográfica del fuego —un fuego en que habita el habitante— que se encarna particularmente en la imagen del verano, magnífica, hostigantemente descrita en la página inicial de Respirando el verano: "aquella sofocación  irresisitible, aquella orgía solar que abría rotundas cicatrices en la tierra de las calles y parecía cebarse aun en las hierbecillas más testarudas y humildes. Los árboles, cansados, secos parecían varillas de yodo entre el aire polvoriento. Se respiraba el verano como un olor ubícuo. Un olor a cáscara seca, a hojas carbonizadas, a aire quemado. A ropa planchada en un cuarto seco". Por otro lado, un clima existencial, un verano del ser, una manifestación interna, biológico-religiosa  —un fuego que habita al habitante— cuya encarnación más temible es la culpa. Y con esta palabra, desde luego, nos colocamos en el centro del discurso bíblico, en sus dos modulaciones:  bíblico-mosaico  y bíblico-cristiano (con  sus ejes de culpa y redención, respectivamente). Es centralmente en relación con este discurso (requisitoria, negación, alegato  rechazo, absorciones, etc.) en diálogo o querella con él, desde un impulso intensamente subjetivador, a partir de la ingestión de esa geografía, esa cultura, esa historia, como ya ha sido aludido, construye su visión del  hombre y del caribe, alrededor de un eje vital-estético de filiación romántico-fáustica (4) con el que se cargan de sentido  las imágenes del fuego.
                  
         Dentro de este orden de ideas  —teniendo en cuenta la notable compactación  temática  observable en  la obra de Rojas Herazo, el régimen de  recíproca fluencia entre los diversos géneros por él cultivados, la notable unificación  a que las somete un casi impúdico yo autorial— la lectura de un  sugerente poema de 1952, "Tránsito de Caín"  nos puede proveer de   la siguiente condensación  mítico-alegórica  como punto de partida  para una lectura provisoria de En Noviembre llega el arzobispo:  la caldera., el fuego solar, el verano,  que abrasa los seres y las cosas es una suerte de hipóstasis de la espada de fuego del ángel expulsor del paraíso;  la culpa  que quema, que consume,  es la herida,  la llaga incurable dejada por la agresión del fuego; desde luego, está también  la nostálgica, hostigante (por lo imposible)  luminosidad  otra del paraíso, y ese presupuesto de toda culpa,  el saber,  el fuego —la  luz— hecho   quemante lucidez. Un muy breve fragmento del poema  nos puede ayudar  a ver la admisibilidad —al menos en primera lectura—  de la relación  propuesta, donde la  imagen  del hombre en En noviembre llega el arzobispo sería una  paráfrasis de 268 páginas de la imagen de Caín en "Tránsito de Caín":
                         
                                                Caín, ojo de Dios te mira, te rompe, te persigue,                   
                                                 Te busca duramente por la tierra y el fuego.                   
                                                 Ojo de Dios tu llaga, tu miel inalcanzable                    
                                                 Caín, arcilla de maldición,                  
                                                 Tostada sed de higuera,                   
                                                 Herido  por los cuatro venablos de tu nombre.                   

         Adán, Caín,  Cristo, el hombre, en fin, cada hombre. No estará de más recordar  —evocando a Gilbert Durand— que el  ojo como órgano y como símbolo es adscribible al  registro  ìgneo luminoso (5).                   

         Ocupémonos un poco ahora con más detalles de estos elementos en la citada obra: En novienbre llega el arzobispo:                   
      Hemos visto cómo lo ígneo es una  recurrencia en una serie de segmentos de esta obra: los personajes aparecen aureolados o náufragos  en incendios de luz, o a veces tenuamente acariciados por ella, o bien seleccionados e  intensificados los aspectos de ellos susceptibles de brillo o bien sus ornamentos, acompañándolos a modo de comentarios luminosos o  inevitables epítetos, cualquiera que sea el caso este elemento (reflejado, absorbido o irradiado) juega una  función existencializadora, que tiene básicamente dos modos. Veamos un primer modo: los dota de irrealidad, los transfigura fantasmáticamente; la proliferación  de este tipo de imágenes no es más que subrayados de una idea obsesiva:  la esencia fantasmagórica de la vida, las ráfagas temporalidades  que  la  constituyen: "Terminando  de   ladear   el  rostro,  vio a  Alberto  Enrique —sentado en su taburetico frente a la puerta finamente dibujado en el lienzo inventado por la combinación de las hojas y la luz solar— aplicado en repasar con un dedo las letras de la cartilla. Tenía  las rodillas juntas y los pies separados  y el mechón de cabellos palpitaba en su frente como un ala. El juego de la luz convertía su camisa en un ascua flotante,  vaporosa, que lamía sus facciones como reflejos de miel sobre vidrio" (p. 202). El padre Escardó "Extendió la mirada hasta el edificio de la alcaldía, en el extremo de la plaza, majestuoso y flotante  como un gran navío, con sus ventanas incendiadas por las alas de la tarde" (p. 71).  El efecto de fantasmagorización  se enfatiza si va  acompañado de la fragmentación, como cuando refiriéndose a  Nife a través de los ojos de don Arsenio:  "¡Qué frágil, qué ilusoria, aquella mano distraída ardiendo en el sol de la tarde!" (p. 79). O este otro dibujo del hijo suicida de  Leocadio Mendieta: "La claridad del patio, entrando impetuosamente  por la puerta, le hacía  brillar la mitad de la espalda como un trozo de metal"  (p. 138). O esta decapitación visual  de un acróbata: "Don Demetrio abriendo su único ojo, vio la cabeza contorsionándose en la cumbre de la llama, en el centro de la plaza. Fue la segunda visión  que esa misma mañana le produjo el calor de junio" (p. 165). En muchos casos la figuración  va acompañada de le enunciación misma de la fantasmagorización  como en esta  referencia al doctor Alandete:  "—Le entiendo, o por lo menos creo entenderlo --dubitó el doctor Alandete con un hilo de macabra bondad. Como un  fantasma en el mecedor lleno de luz" (p. 75) . Resulta (en principio) paradójico que esta fantasmagorización, volatilizacion del objeto vaya de la mano con un estilo altamente detallista, descriptivo, que intenta precisarlo, capturarlo en toda su apretura. El detallismo intenta fijarlo —y en la barroca proliferación tiende a evaporarlo—  y la luz a la vez que lo dibuja lo aniquila (estamos obviamente ante la plasticidad, el pictorismo de la imagen que encontrará ámbito privilegiado en su pintura como ya tendremos oportunidad de ver. Todo esto esta asociado a lo que es el gran tema de Rojas Herazo  (ampliamente señalado por la crítica), que lo  ubica en la lìnea de Proust,  en  cada una de cuyas frases parece resonar la celebre frase de Espinoza,  aquello tan citado por Borges y Unamuno de que   "todas las cosas quieren perseverar en su ser, la piedra quiere seguir siendo piedra, el hombre quiere seguir siendo hombre", el gran tema de la duración, de la perduración  que construye a  Celia, el personaje-columna de  su saga narrativa. Y aquí otra vez el motivo del fuego, porque ¿acaso no es el tiempo y la muerte —es decir, su lúcida conciencia— la herida más honda de Asriel, el fuego de Dios, el oscuro, el calcinante sello de Dios? Y a estas alturas de nuestro asunto quizás no está de más precisar que, en última instancia, el fuego que nutre la imaginación de rojas  Herazo —al menos una de sus formas más intensas—  es el tiempo;  se trata de una figuración del tiempo: El tiempo devorador, el fuego devorador. He aquí el otro modo de la función existencializadora del fuego (en íntima relación con el afantasmamiento);  en su manifestación más activa  los personajes aparecen  no lamidos o tocados por la luz, sino  llameantes ardiendo, en una representación  de la devoración por el fuego en que se entrelazan:  el arder, como biología,  fisiología en movimiento,  y allí, el ser como sujeto de pasiones  (sometido a sus instintivos llamados con sus corolarios de goce y sufrimiento), como aferramiento hambriento a la vida. Arder  como consunción, como ceniza anticipada (aquí podríamos invocar a Quevedo) y arder como sufrimiento espiritual, como conciencia llagada en el fuego moral de la culpa. Todo esto materia que arde, materia en el tiempo.
                 
         Es este último —el fuego moral—  el que más claramente se  muestra en las siguientes imágenes: "En ese instante Leocadio  Mendieta cierra los párpados y oye su alcoba zumbando en la parrilla de octubre. 'A San Lorenzo le permitieron volverse del otro lado',  y abre los brazos en cruz con el hueco de las manos hacia arriba, inventando para cada una de ellas una gota de lluvia"  (p. 232). O esta otra en que se referencia al personaje Brígida Lambis: En aquel preciso instante, ella se encontró solitaria y culpable, ardiendo como un ánima en pena entre las lámparas, en la iglesia llena de gente" (p. 45). El ánima en pena  o alma del purgatorio, es una esas manifestaciones  religiosas con amplio arraigo en la imaginería  popular,  medular en la construcción de la meditación existencial de  Rojas Herazo. Es la imagen privilegiada para la representación del ser  humano: la purificación por el fuego y la ambivalente promesa de salvación que encierra, su errancia, su falta de sosiego, el "ánima que sale", que se aferra a la vida, a estar en este mundo, a no abandonarlo, pidiendo perdón con su presencia. Los personajes de Rojas Herazo son básicamente almas en pena, almas tostándose en el fuego purgatorial del verano  y de la culpa, en la llama  de la  conciencia de esa culpa: aferrándose agónicamente a la vida, pidiendo perdón por vivirla, deconcertados o maldicientes, que viven —sospechosa, significativamente— proclamando su pureza y su inocencia "contra un plan indescifrable" (p. 258) que los condena. Es esa condición de almas en pena  lo que determina la naturaleza de la temporalidad que habitan  o que los habita. Como bien señala Luis Rosales, en En Noviembre llega el arzobispo, estamos ante un tiempo estático: "Considero que uno de sus hallazgos más interesantes es el estilo de tiempo suprimido. Nada puede cambiar en ella, ya que cualquiera de los actos que realizan los personajes, lleva implícita toda su historia […]. Etelvina y Esteban, Rosa Angelina y Leocadio Mendieta, solo siguen viviendo lo que les atormenta  y todos ellos han creado su propio infierno […], viven continuamente lo que han vivido ya. Ahora bien: ni en el infierno, ni en Cedrón, es posible elegir, y estas criaturas que recorren sus calles, viven únicamente para poder arrepentirse de vivir. Todas están arrepentidas […]. Tienen una existencia paralizada" (6). Se trataría básicamente  de dos tiempos de naturaleza complementaria  y  de  carácter   existencial:  lo  que  bien  pudiéramos  llamar  tiempo  purgatorial (culpa) y tiempo de salvación. El primero corresponde básicamente a lo ya descrito: tiempo de la separación, de la soledad insalvable, de la culpa. Este es  el tiempo en que usualmente viven o "penan" los personajes. Pero hay también otro tiempo, una especie de tiempo del milagro. Ciertos instantes, ciertas fulguraciones  —también hay que describirlos en  términos luminosos  pues,  aquí el fuego danza en  todas las direcciones—, ciertos relámpagos, en que se anulan las distancias, instantes de comunión, en que los personajes se redimen mutuamente y encuentran un sentido al sufrimiento, por el mecanismo amoroso de la compasión, del acercamiento al otro, pero son solo instantes o acaso alucinaciones, breves puertas, ventanas de luz en los túneles separadores de cada individualidad que inmediatamente  se cierran. Veamos el siguiente ejemplo.  (Se trata de Etelvina y Leocadio Mendieta):

         "Por un instante se miraron sin prisa, limpios de temor y deseo, como si los dos no hubieran aún descendido sobre la tierra. Entonces ella se oyó a sí misma , a su verdadera dulzura (la que había atesorado en el suplicio, en el desprecio  y en el silencio) murmurándole al oído, para que él, únicamente él  entre todos los hombres, descubriera esa razón de júbilo que le había sido deparada más allá del horror, la equivocación, la furia y el absurdo de la tierra:                  

         "--Ven, hijo mío, Leocadio, mi amorcito triste, mi niño desamparado, no sufras más; mírame y no sufras más" (p.178).
                
         El valor, la fuerza purificadora de esta mutua redención  se resalta,  por  el dramático espectáculo que ofrecen dos personajes cuando se hacen  conscientes del mutuo infierno al que se condenan ante la reveladora imposibilidad del encuentro:  Etelvina y Rosa Angelina, madre e hija, son las protagonistas de este segmento: "¿Testigos de qué?, indagó Rosa Angelina, suspensa la voz, rozando un amargo y en el fondo compartido secreto. 'De nada , pero no ha querido testigos', fue la segunda y definitiva respuesta de ella, echando cerrojo a su voz, atrancando su rostro por dentro y acezando, mientras escuchaba  la respiración de Rosa Angelina  y miraba sus ojos que le suplicaban entrar" (p.161).                     ´

         Estos dos tiempos poseen, respectivamente, una relación significativa con el discurso  bíblico-mosaico, con su Dios terrible  y castigador, expulsor, centrado en la imagen  masculina, autoritaria del Padre, por excelencia, por una parte, y el discurso bíblico-crístico amoroso,  femenino.                     

         La producción píctórica de Rojas Herazo es  terreno especialmente fructífero para el rastreo de esta estela del fuego. Vemos como, la misma obsesión, el mismo vector imaginativo, trasvasándose de un lenguaje a otro, sigue haciendo presencia determinante. La demonización de la luz lo pone en la línea del tenebrismo. Lo de Rojas Herazo es específicamente el contraluz, como si dijéramos: revelar la espalda de la luz. Su espalda, no su ausencia, no  la sombra de los objetos, sino los seres y las cosas condenados a la sombra de la luz. La luz organizándose en impulso violento, negando las formas y paradójicamente construyéndolas. Aquí, ante sus cuadros  es inevitable  recordar esa batalla campal de la luz y la sombra que es el  hermosísimo poemario Agresión de las formas contra el  ángel: los cuerpos y las cosas trabajados  con trazos imperiosos se yerguen, oponen, erigen su presencia; sólidos, espesos, más bien tajantes, en una especie de soberbia  grandiosa pero sabidamente inútil. La luz los agrede, al tiempo que los inventa los hace posibles. La luz azuza sus guerreros y es entonces fuego. Surge así esa ya reconocible galería de jauleros, arlequines, caballeros, flautistas, vendedoras de frutas, amantes. Los vemos allá acuñados en el lienzo en una recurrente composición central,  recortados sobre ardorosas masas de color o macizamente silueteados sobre puertas o ventanas por la que irrumpe fervorosamente la luz. Seres y cosas que se resuelven en verdaderas  brasas, antorchas vivas, envueltos en halos que hablan no de santidad o angelismo, sino de castigo. La obra  Gaitero (1997), con su llameante expresionismo, es una obra singularmente ejemplificadora de esta imaginería: ritual, hierático, ahondado en sus espesuras, fogoso encantador que se encanta a sí mismo. Del alma de la gaita mana el lujoso serpentario de las lenguas danzantes que envuelven al gaitero. El gaitero arde en su propia música. Imperativo aquí evocar, otra vez,  la iconografía popular del ánima en pena. Explicablemente en el cromatismo para dar forma a esta tensión  se ha reducido al mínimo la paleta, casi básicamente al duelo, al rojo blanco,  de ocres y sienas, colores emblematicos de la luz y la tierra, de la luz y la carne calcinada.                   

         La producción poética de Rojas Herazo nos entrega asimismo pasajes muy significativos de esta imaginería del fuego, estamos pensando en textos como "Contrapunto para   glosar el martirio de San Lorenzo", "La noche de Jacob", y "La sed bajo la espada", todos correspondientes  al poemario Agresión de las formas contra el ángel (1961). Detengámonos un poco en el primero, en la  lectura de  un segmento, que hace realmente innecesario cualquier comentario, pues se presenta  a sí mismo:
                                               
                                                 Ahora vuelvan mi costado                    
                                                 Pues me he tostado tan hondo
                                                 Que siento secos los ríos
                                                 Y el pájaro y el árbol
                                                 han regresado a su origen de ceniza  en mi paladar […]
                                                 Tomo mi rostro entre las manos
                                                 Y todo él es jugo de sed, pulpa de sed.
                                                 Arena que vive aún que clama,
                                                 Que me vuelve un intruso para mis propios dedos
                                                 […] Y estoy vivo,
                                                 Vivo aún para mi propio costado
                                                 Para esos pájaros y ese perfume, y ese adolescente
                                                 Que hueyn de mi carbín izquierdo
                                                 Acezantes
                                                 Buscando refugio en mi ojo, en mi muslo,
                                                 En mi derecha soledad no visitada por el fuego.
                                                 Me llamo y mi propia carne me responde
                                                 Soy un bosque sacrificado al amanecer por una siembra oscura.
                                                 Tiempo herido más allá de mis bordes.
                                                 Yo mismo soy el fuego
                                                 Me inclino lamiéndome               
                                                 Aulladamente indago y consumo mis últimas partículas                   
                                                 Mis fibras ignoradas.                   
                                                 ¡Oh aterradora lucidez                   
                                                 encendida en totalidad.                 
                                                 Lorenzo al fin, Lorenzo de costilla,                    
                                                 en carbón y resuello consumido                  
                                                 por la tierra y el cielo achicharrado!                   

         San Lorenzo supliciado, hecho brasa, tizón constituye en la visión de Rojas una hipóstasis de la condición humana. En el centro de esta flamígera  imagen está el corazón del fuego, el fuego de los fuegos: la lucidez, el supremo martirio. El verdadero martirio no es, desde luego, el de san Lorenzo sino el del ser humano achicharrado en la lucidez, ese, como dirá en otro poema: "saberse encendido, sin agua para apagarse". Luz  hecha lucidez, conciencia sufriente, obsedida por su destino efímero de relámpago y sueño; o como dirá en otro poema, herido por "el filo de una temible claridad". Así  la voz lírica se instala  en la paradójica condición de que la única luz que la habita (la lucidez) le niega el anhelo de luz.                   

         Los otros dos mencionados poemas: "La noche de Jacob"  y "La sed bajo la espada", son poemas gemelos, casi tautologías, fundados en el mismo motivo: la  rebelión contra el ángel y la instancia, la luz  divina que representa y la asunción, en una suerte de victoriosa derrota, de  una  condición  corporal-temporal, la renuncia a toda ulterioridad trascendente. Pero el ímpetu de perduración, el fantasma de esa luz otra siguen allí, asediando, en  un universo incomprensible en que Dios está ausente y cuyo enigma, muerte u  ocultamiento son para el hombre un insulto, una provocación . Se asume  así en su exilio, en su destierro en la tierra.                   

         El mito de la expulsión de paraíso, del ángel castigador por el fuego de Dios, que proponíamos al inicio, como subyacencia  para orientar la lectura de En noviembre llega el arzobispo, y este otro  que nos proponen los dos poemas reseñados, de la asunción del exilio, de la rebelión ante esta espada de fuego, de su negación, entran en contradicción, en franco duelo; no olvidemos, sin embargo, que la lucidez es hija del fuego, su forma específicamente humana, es ella la que lo acompaña y la que lo pierde. Es ella la que siendo hija de la luz, niega la luz. Por eso  el fuego castigador no es tanto el fuego de Dios sino el fuego de la ausencia de Dios. En el duelo de  las dos narraciones míticas, como su resultante, los significantes se mantienen   pero sus significados ya están perturbados,  ahora se mueven en una dimensión  paradójica, dudosa, contradictoria. Por eso sus personajes pueden anhelar y maldecir  la luz,  hasta la culpa y el castigo pueden ser disfrutados y repudiados. Culpa, pecado, castigo, salvación,  purgatorio pueden recorrer el texto pero ya han perdido el trasfondo que les da densidad. Digamos que en este universo el hombre se queda con el pecado y sin el género.                   

         El tiempo, la ausencia de Dios, la lucidez: los tres rostros,  la trinidad  del fuego  que abrasa a los personajes y las cosas en En noviembre llega el arzobispo.  Surge así esa existencia fantasmagórica, ese remedo de existencia que es el universo paralizado y paralizante que es En noviembre llega el arzobispo, esos personajes  que para decirlo con palabras de Blas Matamoro, "han vendido al escenario de sus vidas después de la muerte de Dios, del cual quedan inocuas imágenes de madera dorada y paño, convenientemente desgarrado este y afectada de carcoma aquella. Viven esperando la llegada del arzobispo, tal vez el resucitador de Dios […]" (7), y en todo caso , vicario de Dios, Dios mismo sometido a un proceso inmisericorde  de vaciamiento  en su símbolo. El efecto esperpéntico se da de entrada  en el hecho  de que —todo Dios que se respete tiene su profeta— la profecía de su llegada la novela la pone en boca —si seguimos la interpretación de Luis Rosales— del personaje que es la encarnación del demonio, del mal, Leocadio Mendieta  ya muerto, su encarnación simbólica en la imagen del caballo de madera, esa especie de ubicuo demonio que atiza  la ardiente paila de Cedrón. El capítulo todo con fina ironía alcanza su plenitud carnavalizadora en el famoso  segmento  de la ventosidad del arzobispo.    
            
         La señalada  obsesión de Rojas Herazo por las ruinas es ante todo  la de una religiosidad en ruinas.  Dentro de esta  especie de catedralicio  gótico tropical, que es En noviembre llega el arzobispo  a  través de cuya  fragmentada, soberbia, dispersa arquitectura de naves, arquitrabes y agujas derruidas,  asistimos no al sueño sino a la pesadilla de Dios, de su muerte. Valga retornar finalmente a  un concepto que se nos ocurre central: la imagen  de la compasión. Se asocia a lo que hemos denominado tiempo de  redención, lo constituye. El tiempo salvífero de asomarse al otro y acompañarlo, ser uno con él  en su sufrimiento. El significante de la salvación  vaciado de su contenido trascendente  es ahora pura humanidad   humanamente trascendida, desde, en,  por sí, para sí misma. La religiosidad se transforma  en una dimensión ético-estética, fundada en  la palabra, más allá de las fronteras del mundo de la novela: el escritor se salva vicariamente-- en el ejercicio de la compasión por la palabra, el lector se salva por su participación en esa especie de "comunión de todos los santos", de eucaristía profana, en la posibilidad de esa "cena eucarística", que constituye el consumo de la obra por sus lectores. Compasión que centrada en el hombre es también compasión por un entorno,  por una cultura y una historia, pues no se trata olo --diciéndolo con sus palabras-- de la soledad "del estupor y la orfandad existencial" del hombre, sino  de la soledad, el estupor  y la orfandad, de una geografía y su historia, se trata de salvarla, nominándola, dàndole un lugar en la imaginación, pues ella también desea perdurar; así la necesidad de una geografía y una cultura de ser nominada, de ser narrada, de ser salvada por la palabra. El registro existencial y el registro geográfico están íntimamente fundidos —permítanme  decirlo  por  última vez—,  de allí que cuando el yo lírico, en algún poema, exclama "no me llamen de arriba ni de abajo de aquí yo quiero ser", ese aquí es también una declaración de enraizamiento pasional, de pertenencia a un sitio específico del planeta calcinado por los infinitos veranos.                   

         Esta representación purgatorial  del caribe que hemos intentado describir siguiendo  huellas ígneas a través de algunos textos de ficción  de Rojas Herazo, podemos remitirla  a  reflexiones directas del autor cuando señala: "En nuestros pueblos del caribe colombiano, se desarrolla un vivir silencioso pero henchido de una imprevisible velocidad. Nos queda la impresión de que el hombre y la flor se consumen en instantes. El habitat dura menos que el habitante. En esas casas de techo de palma y paredes de boñiga de vaca el hombre corriente tiene una visión más aguda de la fantasmalidad de la vida. Por eso su forma de concebir la canción y ejecutar el canto es rítmica, internamente rítmica, pero triste. Los pobladores, nos sigue pareciendo, amanecen en la plenitud de su infancia y la noche los sorprende marchitos. La música regional  —en apariencia vivaz y alegre— es en el fondo lenta, macerada, henchida de dramática reflexión . Hablamos del caribe profundo. Del que  nada tiene que ver con la publicidad turística ni con la alharaca estereotipada. De ese caribe que, en todo sentido es producto del sol  y compañero de la noche" (8). Esa relación entre fuego, música y sentido dramático de la existencia  es  también la que nos  revela el siguiente  fragmento  del  texto  justa, sugestivamente titulado "Purgatorio de cumbiamba": "La cumbiamba es como un gran horno. Los rostros ebrios de sudor y deleite, parecen  tallados en oro líquido. Uno de los bailarines, en el oleaje del espasmo, llegará hasta nosotros. Bajo su sombrero, bajo la techumbre de su color amarillo, miraremos sus ojos. Será un desconocido. Con un dejo de ángel sin alas, de ángel de espaldas carbonizadas por el incendio de la cumbiamba . Si nos mirase fijamente, con toda la carga del poder que efunde su conciencia de fuego, podría herirnos hasta la muerte. Pero únicamente medita, navega en su ámbito de llamas, transido por la pasión y la lejanía de ensueño. Sufriendo y gozando el hondo martirio del tambor" (9).

NOTAS:

1. Estamos pensando en la noción de "diagrama poético" de que habla Bachelard en su Sicoanálisis del fuego  (Schapire Editor S.R.L., 1973):  "(...) un espíritu poético  es pura y simplemente  una sintaxis de metáforas. Cada poeta  debería, entonces, dar motivo a un diagrama, que indicaría el sentido y la simetría de sus coordinaciones metafóricas, exactamente como el diagrama de una flor fija el sentido y las simetrías de su acción floral", p.192.
2. H.  Rojas Herazo."La geografía subjetiva: Gran Sertón: Veredas". En: Señales y garabatos del habitante. Bogotá, Colcultura, 1976, p.110. 
3. Todas las citas se harán de esta edición .
4. La noción de "romanticismo faústico" apunta en Rojas Herazo a una suerte de visión del mundo que permea la evolución  de la forma de la novela  (o más bien de la novela como forma) en el mundo moderno. Con ocasión  del texto "Unas palabras sobre Rómulo Gallegos"  (En Señales y garabatos del habitante, p.104)  hace la siguiente formulación:  "por eso la novela es cada vez más subjetiva y poética. Por eso insiste en adentrarse en las regiones castigadas del ser. Y es con ella con la que ha de librarse la última y decisiva contienda del romanticismo fáustico, que la hizo posible como género  y que la sigue alimentando con las instancias más lujosas y desesperadas de su propia aniquilación. Entendido lo romántico, lógicamente como un delirio del drama individual  y entendido lo fáustico  como un impulso demoníaco, que obliga a la conciencia razonadora  primero a cuestionar y luego a transformar tanto la esencia como las formas visibles del mundo".
5. Gilbert Durand. Estructuras antropológicas de lo imaginario. Madrid, Taurus, 1981. El ojo  omnividente de Dios  es, más exactamente, en la terminología de Durand, adscribible al régimen diurno de la imaginación, caracterizado, entre otros rasgos por la antítesis, el impulso polémico  y  excluyente; el discurso bíblico mosaico es ubicable en esta perspectiva.
6. Luis Rosales. "La novela de una agonía", en  Visitas al patio de Celia, compilación de textos críticos sobre Rojas Herazo realizada por Jorge García Usta. Medellín, Lealón, 1994, pp. 104-  105.
7. Blas Matamoro. "Una epopeya colombiana", en Visitas al patio de Celia, p.134.
8. Héctor Rojas Herazo. "Rasgos lineales para bocetar el Caribe". En:  La costa que queremos: Reflexiones sobre el Caribe colombiano en el umbral del 2000. Compiladores:  Cecilia LópezMontaño y Alberto Abello Vives. Santafé de Bogotá, Editorial Gente Nueva. 1998, pp.  9-10.
9. En Señales y garabatos del habitante, p.153.
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©  Rómulo Bustos Aguirre

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen I - Número 1
Abril-Mayo-Junio de 2000

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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