Las úlceras de Adán:
Jeroglífico del desconsuelo
Yolanda Rodríguez Cadena
Universidad del Atlántico
Barranquilla - Colombia
Héctor Rojas Herazo inicia su producción literaria en un período de transición y ruptura en el que las propuestas poéticas de Piedra y Cielo, se oponían a las de los grupos Centenario y Nuevos, las cuales estaban cargadas de imágenes etéreas y de cierta actitud pudorosa hacia el lenguaje y el verso. La poesía de este escritor caribeño nacido en Sucre (Colombia), en 1921, se perfila en el grupo Mito, del cual formaban parte Alvaro Mutis y Jorge Gaitán Durán, entre otros. Publica sus primeros poemas en 1939 en Barranquilla, por la época en que alternaba su vida entre esta ciudad y Cartagena. Esta fecha y este último contexto resultan de especial importancia, por cuanto explican el impacto que tuvo este escritor en el Caribe colombiano, especialmente para una Cartagena, que, durante esa década estaba enclaustrada en un conservadurismo social y lingüístico hacia la lírica, epígono de la tradición española, leal y defensora implícita del colonialismo ibérico y de "la virginidad de la ortografía y, sobre todo, del mantenimiento de la sintaxis" (García Usta: 1994: 39)
En este escenario irrumpe Héctor Rojas Herazo con una poesía ávida de experiencia sensorial, de una realidad que sin ser realista, impone agresiones al hombre, despertando sus sentidos como en esa infancia en la que, según el escritor, todo tiene la jerarquía de símbolo.
Su primer libro, Rostro en la Soledad, publicado en 1952, ya nos establece los lineamientos de su poética y visión del mundo, igualmente recreadas en sus otros poemarios y obras narrativas: Tránsito de Caín, Desde la Luz preguntan por nosotros,Agresión de las Formas contra el Angel, su último libro, Las Ulceras de Adán ; y las novelas Respirando el Verano, En Noviembre Llega el Arzobispo y Celia se Pudre.
Esa poética y visión del mundo se alimentan de las obsesiones, recuerdos, temores y sueños del autor, para quien los sentidos son los únicos dignos de confianza, pues son el medio para desarrollar el asombro y lo que él mismo concibe como "un rápido instinto para apresar, descuartizar y alimentarse de lo inesperado", y así desarrollar en la escritura, la autobiografía, la autofagia para emprender un recorrido por su geografía fisiológica, la misma de todos los hombres .De esta manera, intenta descifrar, con fracaso y desconsuelo, el enigma, el jeroglífico que la vida le ofrece con "su vastedad, su orgía, su multivalencia" (Rojas Herazo: 1976: 254).
Esta especie de calidoscopio, de "inventario a contraluz", de eterna miscelánea o inmenso retrato vivo del mundo, se despliega en escenarios: la casa corpórea, sensible, y el patio, en Rostro en la soledad; y la ciudad, en Desde la luz preguntan por nosotros y, con más claridad con su perfil urbano, en Agresión de las Formas contra el Angel. Este vasto armario (o almario) se temporaliza en un presente indescifrable y un pasado iniciático, sumergidos en el mito cristiano, en el cual se buscan las raíces de la existencia y las causas de esos jeroglíficos que se han transformado en interioridad humana, en conciencia, en vísceras y en sentidos, y han impuesto al hombre una culpabilidad, convertida en destierro por un tribunal, antes de los comienzos del tiempo.
Es precisamente esa interioridad, traducida en acciones precisas como: palparse, sentirse, tocarse los huesos, "ese vasto, inmerso, sonido de nosotros" ("Adivinanza del fuego". Las úlceras de Adán, pág 11), que sobreviene en esas "horas concisas", la temática que agrupa toda la producción poética de Héctor Rojas Herazo, y cuya síntesis ya había logrado en su primer libro Rostro en la Soledad, en el poema "Diálogo de las tres agonías". En él se devela lo que Gabriel García Márquez denominó mucho después, mutatis mutandis, los laberintos intrincados de la sangre. La metáfora perfecta de revelar la inmersión profunda del hombre en el mismo hombre, en tanto ser orgánico y simbólico, está en ese enigma que edifican los versos con los lazos hombre-mujer-hijo: "hecho de tus mismos elementos / y regocijado de tus mismas substancias" (Voz del padre); "De adentro de muy adentro,/ del más viejo limo de lo más viejo de nosotros" (Voz de la madre) ; "Yo te sentía y era más hondo mi silencio que tu llamado. / Porque era anterior a ti, / y era lo más profundo de ti" (Voz del hijo). ("Diálogo de las tres agonías", págs 266, 267, 268). En este poemario ya se vislumbra el sustrato religioso de la poesía de Rojas Herazo que se prolongará en Las Ulceras de Adán, y desde el cual enfrenta el drama del hombre como ser condenado desde siempre, a soportar las llagas —y en esto consiste su naturaleza sublime y sensorial—, el padecimiento y la agonía de no encontrar respuestas a su suplicio: "el horror de vagar sin un delito".
Rojas Herazo desarrolla esta filiación con el cristianismo, a través de la recreación del mito adámico, que subyace a todo el libro y se sintetiza en el poema "Las Ulceras de Adán". Es destacable la manera como el autor concentra en los tres primeros versos, bajo un tono intenso y dramático, los acontecimientos de la caída, del salto al vacío, en el cual, en un solo hombre, en un solo acto, en un episodio único , se concentraron todos los males de la historia (Ricoeur : 1986 : 393).
El poema trata la ausencia de la libertad en el hombre desde su creación y la imposibilidad de elección, por cuanto esta se reduce al poder de defección, y a la facultad para "desviarse": el hombre está destinado al bien, pero inclinado al mal . Esta impotencia se enuncia en los versos mediante el juego de hablantes líricos que el autor relaciona, en especial Adán cuya voz termina suspendida en el verso: "Y él se golpeaba el pecho, se decía, / yo suspiro otra cosa, yo quisiera, […] ".
A partir de este momento, el hablante poético emprende la búsqueda de Dios, que existe, que está ahí respirando pero ausente, que guiña el ojo y observa al hombre, su acontecer y su mundo como en una película. El poeta lo interpela, lo inquiere, entabla un diálogo: "Y después le pregunto si está bien, / si ha gozado en el juego, […] / si ya no le duelen los huesos con el frío de la noche" "Tan queriendo y haciendo que no quiere, / que no sabe, / que pase lo que pase seguirá frente a mí / comiéndose las uñas. / O poniendo aquel guiño entre sus ojos" (confianza en Dios). Esta comunicación con Dios nos evoca la poesía del Vallejo de "los dados eternos": "Dios mio, prenderás todas tus velas, / y jugaremos con el viejo dado […] " ( Vallejo, 1980: 72). Al igual que este poeta, Herazo nos devela la indiferencia de Dios ante su creación. Sin embargo, la divinidad en ocasiones no aparece como una entidad individual, lo cual explica el verso final del poema "Las úlceras de Adán": "Y se apiadó de Dios/ y lo hospedó en sus úlceras sin cielo". Según esto, Dios solo existiría dentro del hombre o sería creación de este, idea que la misma religión cristiana posibilita, al plantear que el ser humano fue hecho a imagen y semejanza de Dios, y al proponer a Cristo como el segundo Adán, como el hijo del Hombre (I Corintios., 15, 21-22, 45-49; Rom., 5, 12-21). Esta idea nos aclara por qué Rojas Herazo, al igual que Vallejo, funde a Dios con el hombre como si se trataran de una sola persona (¿humaniza a Dios o diviniza al hombre ?): "Le pregunto al tendero gordo, […] —¿Usted es Dios, señor ? / Y él me responde, […] / —No, no soy Dios, pero sí lo conozco […] / Y me da su tamaño, su peso, sus medidas" (Herazo : "Un agujero"), "Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!" (Vallejo, "Los dados eternos": 1980: 74).
Estas bases religiosas se homologan en el poemario, a una base mítica; Herazo acude al mito de Tántalo, recreando los suplicios de este, para expresar el padecimiento del hombre; la sed, el hambre —base de una fisiología—, al lado del temor a la muerte, son experiencias, ya no del hijo de Zeus, sino del individuo actual. Además, el autor insinúa una comparación entre Tántalo y Adán con los siguientes hechos: a ambos se les atribuyó la maldad y como castigo fueron condenados al destierro para que sufrieran horribles torturas y tormentos, el uno en el Hades y el otro fuera del paraíso; a ambos se les impuso el temor de la muerte. Dentro del universo significativo del autor, Adán, el hombre y Cristo están destinados al padecimiento, por causa de Dios, con lo cual se construye una faceta cruel de la divinidad.
Además de escudriñar el origen del padecimiento del hombre en la base de una concepción cristiana, Herazo nos sugiere otras formas de acceder al desciframiento de esa realidad, ubicadas en el presente; nos referimos en primer lugar a los actos de replegarse sobre sí mismo, de pensarse, sentirse, palpar la profundidad, lo visceral de nuestras experiencias sensoriales y de nuestro fluir mental —nuevamente el recuerdo y la memoria que se remontan a las primeras obras del autor—; y al hecho de contemplar la ebullición de la realidad y la historia, desde su constitución y movimientos ínfimos —para lo cual reaparecen los sentidos exaltados—, desde su carácter caótico y totalizante.
En efecto, uno de los rasgos más característicos de la obra de Rojas Herazo es la preferencia casi obsesiva por el autorreconocimiento físico y biológico del hombre; el poeta incita al lector a palparse desde dentro como una forma de derrotar la mimetización, que lo haría insensible al dolor y al sufrimiento. Quizá Rojas Herazo intente decir que la agonía, el miedo y el dolor del hombre, son precisamente la manera para que éste sea más humano. Por ello debe acceder en primer lugar, a la terrible lucidez de su constitución orgánica, experimentar hasta la saciedad sus secreciones. En Las Ulceras de Adán encontramos una fijación léxica sobre este tópico, al punto que podemos fácilmente hacer un inventario del cuerpo: uñas, huesos, membranas, narices, esqueleto, manos, paladar, dientes, dedos, ojos, riñones, sesos, cuerpo, muslos, codos, piel. De igual modo, podemos extraer las acciones introspectivas: sentirse, pensarse, afinar la sangre, palpar en lo nuestro, vivirse, morir de vida en huesos. Finalmente podemos retomar el universo léxico de las secreciones del cuerpo, algunas de ellas de carácter escatológico: escupir, sollozos, pus, sangre, mocos, saliva, hiel, úlceras, llagas, heridas. Este énfasis nos presenta la imagen del cuerpo grotesco e incluso fragmentado. "[…] y las salivas purulentas y las agresivas / sulfuraciones, / en la cuádruple dentadura de tus ansias." ("Segunda resurrección de Agustín Lara"). Rojas Herazo construye y deconstruye el cuerpo en los poemas y busca palpar la sustancialidad humana, no solo para develar nuestra verdadera condición y así acceder a un desciframiento del dolor humano, sino también, para reelaborar la historia contemporánea, con lo cual enfrenta críticamente su contexto social: "Por lo tanto medito las huelgas, / me rasco los riñones, / devoro montones de basura con mi olfato, / Otro tanto las guerras, los heridos / que bailan dulcemente en los periódicos […] / los hombres que bostezan en los parques, / el niño sin nacer […] / también los orinales en la tarde, / oliendo con la muerte de los vivos / Todo esto es mi negocio, redondo y exclusivo, / lo que ocupa mis sueños y mis ojos" ("Menester").
El acontecer humano se asume bajo el peso de la cotidianidad, la cual está integrada de situaciones, objetos y eventos ínfimos, ejecutados en un tiempo repetitivo, cuyo centro es el héroe común y corriente del que nos habla en "Telón de Fondo", de Señales y Garabatos del Habitante. Esta concepción se aprecia claramente en el poema "Cómo hicimos la historia": "La luz llegaba todos los días / Y las moscas / Y los sueños llegaban puntualmente / a veces, por fortuna, con catarro,.../ Había olores. / Unos altos señores con bigotes, / asomados al cielo, / hablaban del deporte o la patria, / del alza de los rábanos / o el color en las islas...Y llegaba la luz todos los días / con sus sueños y moscas, puntualmente". El inicio y el cierre del poema, con los mismos versos, "Y llegaba la luz […] y moscas, puntualmente", nos señalan la circularidad de la historia, la cual, en la obra del autor también se edifica con el recuerdo y la memoria, actos en los que el hombre se repliega. La evocación aquí es una manera de dimensionar el hastío del ser humano, "esa vasta y pomposa fatiga del mundo" (Señales y Garabatos : 1976), de sopesar el sufrimiento y de reconocer un presente en el que se ha ganado una oportunidad más de derrotar a la muerte. No obstante, el recuerdo arroja al hombre a reconocer el peso del tiempo: "...cuando dices con amable terror, / de labios para afuera o para adentro; —te felicito, amigo, te mereces / el año, la agonía que has ganado", "Y encuentras tu carcomido sol, tu mismo luto, / tu misma piel ajada, / tu idéntica manera de verte en un espejo / con el tiempo lamiendo tus espaldas" ("Estampa de año nuevo").
Este tiempo, en los poemas, tiene la capacidad de extenderse hasta la desesperación o de adoptar la sinopsis. En efecto, Rojas Herazo despliega su capacidad para, no sólo ir y venir de un poema-síntesis a un poema de largo aliento, sino también para demostrarnos su habilidad en manipular el tiempo. Esta virtud se despliega con facilidad en su narrativa, pero adquiere jerarquía en su poesía, especialmente cuando combina la brevedad con la extensión. Tal es el caso de las temáticas alusivas al mito adámico, analizado en páginas anteriores. El autor incrementa el ritmo del poema para develarnos el instante fugaz en que el hombre perdió la inocencia, en que presintió su miedo, el momento "[d]el estrago de esa revelación" ("Algunos puntos de asombro en el camino") y luego nos propone la amplitud temporal, sucesiva, monótona: "Vuelve el mar, vuelve el mar / regresa como el odio" ("Los Reyes ocultos"), la misma prolongación donde ubica sus poemas referidos al recuerdo, a la memoria y a la autoexploración visceral del hombre: "[…] el tiempo, fina aguja que hilvana una dulce, monstruosa y dulce y tranquila desesperación […] / Y de nuevo, otra vez, sí, otra vez, se propone el recuerdo, la resurrección, la maldad, el sufrimiento" ("Los Reyes ocultos").
A estas dos formas temporales, Rojas Herazo agrega el manejo de una periodización en serie; ya no es la síntesis del mito, ni la lentitud del hastío, sino una temporalidad caótica revelada a través de la sucesión de imágenes que se agolpan, casi se atropellan en los versos. De esta manera se construye el perfil de la contemporaneidad en la que tanto la realidad como la consciencia se encuentran en estado de confusión, como "una especie de polvorienta galería de luminarias del cine"; por ello, poseen la naturaleza del enigma, del jeroglífico que el autor pretende escudriñar hasta hallar sus límites, "buscando mi resuello entre mis ecos", "descifrando el enigma que gorgotea en el grifo del lavabo."(33), "el insondable enigma de un saludo" (51), "el enigma y la desgracia del poder" (68). El escritor desea desentrañar y adivinar "El susto al abrir un ropero...el pavor de dos zapatos sosteniendo las tripas de / un amigo ;...el horror de la toalla extendida" (51,52). Esta búsqueda obsesiva se expresa en su poesía a través de la enumeración, instrumento formal que tal vez tomó del maestro Whitman, y con el cual logra superponer y suceder planos, espacios, objetos, acciones, ideas del hablante poético, interpelaciones al destinatario del verso. En consecuencia, abrir un poemario de Rojas Herazo e iniciar su lectura es, como él mismo lo enuncia en su poema "Jeroglífico del desconsuelo", "abrir de golpe el armario" y percibir, al igual que en estos versos, el alud de visiones, "sorprenderte allí, muy formalito", las percepciones, "oler las cicatrices de tu sueño", los deseos, las posibilidades, las aseveraciones, los eventos simétricos y no simétricos, los temores, el prontuario de la vida y los sueños. El poema "Una lección de inocencia" es un claro ejemplo de este recurso formal del autor; aquí, se expresa cómo el nacimiento, la vida, el mundo y la muerte del hombre se plasman en un cuadro único: "Van Gogh pintó una vez / el retrato del mundo / Allí estaba todo...Para lograr ese retrato, […] / no tuvo sino que pintar una silla". Es probable que Rojas Herazo haya pretendido pintar en sus poemas, ese mismo retrato del mundo, para lo cual, el lenguaje resulta ser una barrera casi infranqueable, que podría combatirse mediante la enumeración y las rupturas acentuales y discursivas, o a través de la combinación del verso con la prosa. Esta última surge cuando las imágenes, sustitutos del acontecer sensorial, de la multiplicidad de rasgos de lo circundante y de las mismas percepciones, desbordan la estructura de estrofas; cuando el poema deja de ser lenguaje para devenir universo. Es pues la creación para este escritor, una lucha titánica con el lenguaje; cómo él lo expresa en "mi pequeño credo" , "[el escritor] tiene que luchar cuerpo a cuerpo con la palabra. Con ese monstruo elusivo, henchido de recursos, de implacables (a veces hediondos) ataques y desesperantes retiradas que es un idioma...sabiendo que jamás alcanzará, por entero, la justicia nominativa".
La lectura de Las Ulceras de Adán nos deja un sabor y un olor a hombre víctima del desamparo, del desconsuelo, del destierro; arrojado a un espacio opuesto al paraíso, pero que es análogo a este por cuanto comparten el horror de lo impasible y lo efímero; un espacio en el cual el hombre puede ser un pretexto, que ha aceptado los símbolos de la rendición y del castigo ("Lamento y alegría del flautista" : 76, 77), que no conoce su nombre y que está enfrentado a una labor comprensiva del mundo, en el cual ni él mismo puede entenderse; un hombre que tiene que llevar el peso de la cotidianidad circular y de la "bárbara inocencia", de " los estragos o los desvaríos o las exitosas peripecias de la inocencia". No obstante, el poemario de Rojas Herazo nos descubre "que toda existencia es inocente....Descubre la inocencia convertida en ira, en ambición, en crimen, en seducción, en anhelo, en orfandad, en horror" . Por ello el autor nos muestra esa búsqueda incansable de Dios que el hombre emprende: "Todos buscamos a Dios. No lo sabemos pero lo buscamos" (Señales y Garabatos: 253). Herazo nuevamente confirma su concepción ya enunciada en Señales y Garabatos del habitante, según la cual toda existencia al ser analizada por la palabra, es una propuesta religiosa, por cuanto Dios es el premio final (o la condena final). En este sentido, Las Ulceras de Adán es un relato plástico o una galería de pinturas narradas y poetizadas, donde presenciamos el transcurrir, lento, conciso y caótico de un universo significativo con visos de enigma, de viaje de la consciencia, de los sentidos y la memoria; en el que el poeta se da a la labor de "combatir sus propios monstruos, atravesar arenales, infiernos, cielos, valles de tribulación o alegría relatando una experiencia mística".
BIBLIOGRAFÍA:
1. RICOEUR, Paul. Finitud y Culpabilidad. Madrid: Taurus, 1991.
2. GARCIA USTA, Jorge (Compilador). Visitas al patio de Celia. Cartagena: Gobernación de Bolivar, 1994.
3. VALLEJO, Cesar. Obra Poética Completa. Bogotá: Oveja Negra, 1980.
4. ROJAS HERAZO, Héctor. Las Ulceras de Adán. Santa Fe de Bogotá: Norma, 1995.
5.________. Señales y Garabatos del Habitante. Bogotá: Colcultura, 1976.
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© Yolanda Rodríguez Cadena
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen I - Número 1
Abril-Mayo-Junio de 2000
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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