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      Los rostros del amor      


Walter Fernández Emiliani
  Narrador caribeño, nacido en Barranquilla - Colombia  


          Es cierto que cada día estará mas distante de los primeros días de nuestros encuentros ocasionales, que será menos frecuente tropezarla en la calle con el paso apurado y la expresión ausente con que la he visto en los últimos veinte años y que será cada vez más difícil precisar a la mujer ansiosa e implacable, con su carga de odio y desprecio con la cual ha ido alimentando, durante todos estos años, su inicial desconcierto y despecho y que el tiempo transcurrido desde entonces no ha logrado disipar.                   

          Estará más lejos de la estudiante universitaria, callada y melancólica de los primeros días, pero definitivamente lo estará más de la pesada carga de su rencor.  Ahora, cuando sigue volviendo el rostro vergonzante para no mirarme, para espolear el paso y desaparecer rápida, huidiza entre la multitud de cualquier calle que nos asigne el azar.                   

          Por un tiempo seguirá como un fantasma citadino a plena luz, regresando sus pasos entre el tráfago anodino, entre la marejada que llena cada día el viejo centro de la ciudad, con sus rostros ansiosos, estupidizados de rutina.  En medio de la barahúnda de los vendedores ambulantes y el cretinismo vocinglero de sus pregones.  Será el mismo espacio, pero ella lo habrá olvidado bajo el peso agobiante de tantos rostros y acontecimientos que han ido construyendo el universo de su nueva vida.                   

          Muy a pesar de mis vaticinios pesimistas sé que volveré a coincidir con ella inesperadamente en cualquier bocacalle y que igual que en otras ocasiones me tornaré tierno y comprensivo, cerrado en un estoicismo paternal que intenta recuperar a la niña lastimada que aún asoma en los ojos de la mujer madura en que ahora se ha convertido.                   

          La vi desde el pasillo, a través del espacio que dejaba la puerta entornada.  Había regresado de la Capital y venía a posesionarme como encargado de la oficina donde ella era la secretaria.                   

          Estaba de espaldas, de cara al ventanal de un octavo piso, como adormecida por el golpe de la brisa en los cristales.  Se volvió rápida y parte del cabello se derramó sobre el hombro derecho y surgió el rostro casi adolescente, anguloso, los ojos calmos, sin pestañear, ceñida en la falda de dacrón de un gris claro, con los brazos cruzados aún, con la misma actitud desolada con la cual había permanecido ensimismada en el cielo azul de la media mañana y fue entonces cuando se le iluminó el rostro para ensayar su mejor sonrisa.  Sin mediar palabra y con la valija en la mano, la observé en medio del ambiente impersonal de aquella oficina, donde extrañamente la levedad del cielorraso era estremecida por la fuerza de un viento que se filtraba por algún lugar indeterminado del entrepiso y la parte superior del ventanal.                   

          Un sentimiento total de soledad se extendía sobre las paredes blancas y vacías, mientras el viento insistía en apagados silbos agudos y el plaf-plaf de una lámina suelta empezaba a enseñar la lana virgen del anverso.                   

          --El nuevo encargado, supongo... --dijo-- por encima de las cajas de equipos de oficina, arrumadas al lado del escritorio, con un tono de desaliento de quien ha visto fracasar a más de uno.                     

          --¿Tan predecible le resulto? --dije-- sonriendo y sin mirarle a la cara, como habría de hacerlo los escasos días que permanecería en aquella oficina, donde los dos éramos los únicos empleados, antes de abandonar mi compromiso laboral sin previo aviso y sin mediar razones, por algún desaliento juvenil que no logro ahora precisar.                   

          Lo cierto fue que me acostumbré a regresar por ella todos los días a las seis de la tarde, a deambular los dos por las calles del centro, como recorriendo un bazar, tomados de la mano, sin que mediara  ningún acuerdo tácito para hacerlo, durante un par de meses o tal vez más.                   

          A ella se le pasaban las horas para asistir a clases, sentados en algún restaurante, con un sentimiento de abandono, como una niña solitaria y ansiosa de ternura, que había estado largo tiempo esperando el amor, y allí estaba yo, desorientado y sin rumbo, sin saber qué hacer conmigo, adoptando un aire de seguridad y protección, demasiado joven, con una audacia que desmentía al adolescente triste que había quedado atrás, pero que asomaba aún con ojos de desconcierto a una independencia recién asumida en un mundo de adultos que no daba tregua.                   

          Apenas hacía un año y esta es otra historia y otra mujer.  Había conocido a Marinella, en medio de una batalla de maizena, un martes de carnaval.  Estaba ella sentada con una amiga en una de las mesas de la heladería La Italiana, sobre la avenida 72, donde había llegado yo en compañía de José Carvajal.  Ella había estado observándome por encima del hombro de la amiga y cuchicheando por lo bajo, cuando se abrió paso de improviso entre la multitud de disfrazados y borrachos, se movió ágil y felina por encima de la tarima de la orquesta y la estridencia de las cornetas que interpretaban el porro: "Borrachera, borrachera, borrachera, tú eres la causa de mi pelea..." Cayó sobre mí, embadurnándome el rostro y el cabello de harina.  La sujeté por las manos mientras con el hombro derecho intentaba limpiarme el rostro.  A través de una nube de polvo observé los dientecillos impecables de su sonrisa de fierecita divertida.                   

          Cuando regresé del baño con la cara limpia y los ojos enrojecidos por los estragos de la harina, ella sostenía una batalla campal de maizena con una mesa vecina.  La alcé en vilo y fui a dejarla junto a la amiga para seguidamente ir a sentarme a horcajadas en la silla contigua, con una seguridad inusual en mí.                   

          Con un tono paternal repentino le pregunté:  "¿Cómo te llamas?" "¿Qué nombre me pones?", dijo y volvió a reírse con la misma sonrisa de dientecillos afilados.  "No lo sé, dímelo tú".  Hizo un puchero con el labio inferior y lo sostuvo así un instante con los ojos entrecerrados, como midiendo al intruso repentinamente interesado en ella.  "Marinella Pinto", y me soltó el nombre sin abandonar la actitud de mimoso desafío "¿Y qué pintas?", dije. "No pinto, ¿qué pintas tú?", dijo como siguiendo el juego de palabras iniciado y que yo corté desarmado ya del sentimiento inicial de confianza, invitándola a bailar.  "Pa luego es tarde", dijo marcando intencionalmente el adverbio y el dejo campechano y esta vez fue ella la que me tomó por sorpresa arrastrándome por la muñeca hacia la pista de baile en que se había convertido el lugar.                   

          Un grupo disfrazado de marimondas había penetrado en fila india.Tomados de la cintura, la masa compacta de parejas danzaban apretadamente, separadas sistemáticamente por el turbión, mientras una estera era lanzada repetidamente por encima de las cabezas de los bailarines.  En la tarima resoplaban las cornetas con más furor y el coro de los danzarines se unía al de la orquesta: "Saca la estera mi amor saca la estera porque con ella paso la borrachera, que tú me sacas la estera, que tú..."                   

          Un borracho disfrazado de mujer, con las piernas peludas y el ombligo pintado de rojo, fue alzado en vilo y lanzado por la multitud hacia arriba: "A la una, a las dos, a las tres. ¡Otra vez!, a la una, a las dos, a las tres. ¡Otra vez!".                   

          El río humano que había desbordado la acera y bailaba ahora en mitad de la calle, subió en aluvión los cuatro escalones de la heladería de enfrente, formando dos bandos que empezaron a lanzarse bolsas de polietileno llenas de agua.                   

          Alguien desde una de las ventanas del piso superior del Hotel Alhambra   --encima de la heladería-- baldeó empapando de la cabeza a los pies a Marinella y se me reveló su cuerpo delgado y tiritante de niñita indefensa, bajo los alisios de febrero, que alborotaban el polvorín de la avenida cubierta de maizena y hacía flotar como globos el capuchón satinado de los monocucos guayaberos, en el alboroto de la media noche de ese martes de carnaval.                   

          A las tres de la madrugada llegamos al Paseo de Bolívar. El edificio donde vivían Marinella y su amiga, un parapeto de cinco pisos, ocupaba una pequeña manzana de espaldas al canal fluvial del mercado público.  La antigua construcción daba moraba en sus sombríos apartamentos a familias empobrecidas.  Al frente, un modesto parque servía de pretexto al busto de un caudillo popular.  Por una ventana del apartamento en el cuarto piso, que miraba al río, llegaba a ráfagas el olor a mariscos descompuestos del caño cercano.  Las canoas con sus mechones de gas, se deslizaban en la oscuridad, bajo los viejos puentes vencidos en su estructura. Un tambor lejano y música de fanfarria llegaban desde la otra orilla, donde algunos espontáneos habían improvisado una fogata y alcanzaban a llegar las voces desenfrenadas, ahogadas por la brisa, en la boca de lobo del aquelarre, en medio de la madrugada, que se hacía más densa hacia el Caño de los Tramposos, medio kilómetro de canal ciego, que inexplicablemente iba a morir a trescientos metros de la orilla del río.                   

          Marinella, con una toalla blanca enrollada en la cabeza, se abrazó mimosa junto a mí, y al contacto de su cuerpo desnudo, me invadió un sentimiento de seguridad y abandono, que el fuerte viento de miserias que venía silbando allá afuera no alcanzaría a tocarnos con sus alas de espanto, mientras los cristales del cuarto ahora cerrados, guardarían otro viento de soledad y caricias, que nos centraría al fondo de un laberinto donde bregaríamos hasta alcanzar las primeras luces del amanecer.                   

          La luz de la media mañana entraba inclemente por la vidriera del ventanal cerrado.  Lo abrí de par en par.                   

          Un resplandor amarillo doraba los perfiles de las cosas allá afuera:  El barullo del mercado, el hormigueo febril de la hora.  Sobre el agua, la alfombra de taruya verde claro de la batatilla con sus astas lilas y los gallinazos como moscas gigantes sobre el maderamen de las barcazas podridas, sobre los techos desportillados de los puestos tuguriales de verduras, trepados a las azoteas, pacientes, burilando pesadamente en su vuelo bajo sobre la carroña y los peces descompuestos de la orilla. Volví a mirar a Marinella dormida, con el cuerpo desnudo, en impúdica apariencia de abandono en la inconsciencia del sueño profundo. Encendido en la luz naranja, implacable, que entraba por la ventana, me vestí de prisa espoleado por una urgencia repentina.                   
          Al cruzar la salita hacia la puerta, José Carvajal, tendido en la sala sobre una alfombra de un rojo vulgar, con el rostro enmaizenado y unas flores baratas de crespón azul sobre el pecho, dormía el sueño de piedra del gladiador victorioso.  Lo desperté de un certero puntapiés.  "¿Qué pasa?", reaccionó, frontándose los ojos. "¡Vamos!, le dije. ¡Es miércoles de ceniza!                   
          No supe de Marinella hasta dos o tres semanas más tarde, por una de esas llamadas telefónicas desapacibles que irrumpen en cualquier mañana ensombreciéndolo todo.
                  
          En medio de la imprevisión y enajenación del carnaval, había ido dejando las pistas suficientes para ser localizado y allí estaba ella, con la voz angustiada, hablándome de bascas y mareos, con el implícito plural del "¿Y ahora qué vamos hacer?" y yo con ganas de decirle que se fuera a los mil demonios, con ganas de tirarle el teléfono, buscando sin encontrar una salida digna, que me permitiera desembarazarme la carga de miedo frente a aquella desconocida que apenas recordaba y que ahora venía a mí como la sombra de una pesadilla de ese submundo de sombras y oscuridad que había estado observando aquella noche desde la ventana de su apartamento y del cual había salido huyendo con la claridad del nuevo día.
                  
          No desistió un instante los interminables nueve meses de su embarazo, impelida por la fuerza de su soledad.  Incondicional, con vocación de mujer herida y desdeñada, dispuesta a defender los derechos adquiridos, en la fiebre desesperada y triste de la madrugada azarosa del miércoles de cenizas.
                  
          Casi todos los días, cuando Emperatriz salía del trabajo --al caer la tarde-- se ingeniaba algún pretexto para no ir a la Universidad.  Caminábamos en silencio, cinco, seis cuadras hasta el Jardín Aguila: Un parque con una construcción rodeada de palmeras que, en sus buenos tiempos, había sido un famoso salón de baile y donde el centro de la ciudad comenzaba a languidecer su fragor comercial. Sitio ahora de parejas de enamorados, que los urgidos transeúntes miraban con indulgencia a la luz fatigada del atardecer, mimetizados entre los arbustos descuidados pero aún florecidos de cayenas y corales extrañamente encendidos entre los tallos secos y renegridos por un hollín de años y abandono.

          Hablamos por primera vez del tema, sentados en la oscuridad del jardín, cuando los besos empezaban a explorar otras caricias y el muchacho, lánguido y prudente hasta ahora, comenzaba a avanzar acosado por el deseo.  "Vamos a alguna parte", dijo ella y, sin esperar respuesta, agregó: "Vamos a Cine".                   

          En el Teatro Metro la proyección apenas comenzaba; nos situamos en la parte de atrás sin sentarnos.  Ella fue a instalarse de pie, apoyada en el barandal de cemento donde empezaba la silletería y la rodeé por la cintura estrechándome contra su cuerpo.  No tardó en volverse de frente para ofrecerme sus labios, ahora en un beso de entrega. Cuando la busqué por entre las piernas tuve el desconcierto y el hallazgo de encontrarla desnuda, bajo la liviana tela de dacrón de la falda de su uniforme gris de secretaria.                   

          Ella entró al baño.  Apenas el tiempo necesario para salir al segundo y aferrarse nuevamente contra mí en la oscuridad del cine y prolongar unos instantes la intensidad con la cual habíamos experimentado el placer; mientras su respiración más tranquila daba paso a una languidez en reposo, arrobada, y su boca volvía a explorar mis labios con besos pausados y delectación morosa, en una entrega de sensual abandono, hasta encontrar el camino de regreso a los haces de luz blanquecina del proyector, que parecían ahora iluminar la sala con implacable claridad.                   

          Salimos del teatro al ambiente cálido de la noche, caminando otra vez en silencio, con una mudez de ternura compartida, enlazados por la cintura, embriagados por un viento de melancolía que empezaba a soplar desde el río y agitaba con furor las palmeras reales del viejo barrio El Prado con un susurro premonitorio de lluvias próximas, revolviéndole a ella el montón de pelo negro y lacio; azotado el rostro por el flequillo negro sobre la frente.                   

          Caminamos por las calles anticipadamente solitarias de las 9 en punto, ajustando mi paso al suyo, ahora mesurado y cansino, recargando un poco su peso sobre mí, hasta la parada del autobús.                   

          Faltaban veinte minutos para las diez cuando descendimos del bus a dos cuadras de la casa de Emperatriz.  Su hermana la esperaba en la esquina y la llamó aparte.  Hablaron un instante y sin volver el rostro se alejaron.  Quedé allí unos minutos desconcertado.  ¿Algún conocido nos habría visto en el cine? ¡Improbable! ¿Y... por qué no? ¡Palidecí! Pensé en ella y el escándalo familiar, en el sentimiento de culpa y desamparo.                   

          Pensaba en la muchacha resuelta y ansiosa de hacía unos instantes, apoyada en mí, degustando en silencio el placer incompleto, que las azarosas circunstancias del lugar, habían tornado menos laborioso y dedicado.                   

          No lo presentí entonces, pero había de ser la última vez que miraría sus ojos de niña grande aún no nublados por las sombras del rencor, sus últimas sorprendidas palabras, al descubrir a su hermana en inusual actitud de espera.  Sería la última vez, como una foto fija, hasta ese último día en que ya no volvería ¡jamás! a ser la misma.                   

          Una llamada telefónica de mi hermana, al día siguiente, lo aclaró todo: Marinella a quien creía fuera de mi vida, con todo el resentimiento represado de mujer desdeñada y vengativa --con el niño en brazos-- se había presentado en la casa de Emperatriz, como la esposa engañada.  Que ¿cómo supo dar con la casa? ¡Poco importa! ¿Qué dijo exactamente? ¡Qué no diría, con el niño en brazos, que no resultara suficiente!                   

          Hasta entonces caí en la cuenta de que nada le había hablado a Emperatriz de ese episodio en mi vida y ella había sido en esencia distinta en su celo de mujer, dispuesta a defender la confianza que habíamos compartido desde un principio, resuelta a apoyarme con un sentimiento maternal.                   

          En cierta ocasión, la hermana mayor le había insinuado --frente a la madre-- sus dudas respecto a si era o no, un hombre soltero.  Ella la había puesto en su lugar, con un tajante: "¡No te metas en mi vida!"                   

          Y ahora estaba sola frente a la hermana y su acierto profético.  Sola frente a una realidad que la había asaltado como un rayo y frente a la cual no hallaba otra salida distinta a la de alejarme, adonde no me alcanzara el absurdo que me aplastaba con un sentimiento de culpa, de expiación y renuncia.                      

          ¿Cómo restaurar el espacio que hasta entonces había ido construyendo para ella? La había amado con un sentimiento que me aniñaba, que me hacía dúctil y suave y sensible y hasta mañoso al ir penetrando en silencio el universo de ternura que escondía en la mirada reflexiva y triste y el porte a veces desafiante de mujer decidida que había advertido el día que la ví por primera vez cruzada de brazos en la oficina.                                                                    

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          Si en el primer instante le hubiera preguntado a Javier por su apellido --el día que le conocí-- coincidencialmente, una pocas semanas más tarde a la noche en que había visto por última vez a Emperatriz, no me hubiera sorprendido tanto.

          Algo impreciso y vago en su rostro alargado y los ojos ligeramente saltones, me hicieron recordar al de Emperatriz.  No fue necesario inquirir.  Bastó que desplegara sus labios en un mohín placentero al sonreír, para la certeza de que se trataba de un hermano de ella.                   

          Javier era alto y delgado, una especie de arlequín y no parecía pasar de los veinte años.  Me cautivaron su sensibilidad y su interés por la cultura.  Nos hicimos muy amigos a partir de esa noche.                   

          Se sorprendió cuando le dije que hasta hacía poco había sido el novio de su hermana.  "¿Tú eras el novio casado?" pareció sorprenderse entusiasmado y se le achicharraron los ojos al sonreír divertido.  "No. No soy casado".  Y le conté la historia.  "¿Por qué no hablas con ella y le explicas?", preguntó con una simpleza cargada de buena voluntad.  "Comprenderás que después de esto...", balbuceé como avizorando alguna posibilidad.  "Pero... no, no", dije haciendo algo de teatro de mi turbación, acaso deseando que él le transmitiera a su hermana mi abatimiento y desconsuelo.                   

          Volvimos a vernos muy seguidamente. Cuatro o cinco cervezas alargaban nuestras divagaciones hasta bien tarde la noche.  Poco hablábamos de Emperatriz: Yo, porque definitivamente, no solo no quería ser compadecido, sino que no podía borrar, de un solo tajo, la realidad del hijo y la desilusión de Emperatriz, precisamente la noche más feliz de nuestro noviazgo.  Y él, porque dio por terminado sus buenos oficios, la noche que me dijo que, al mencionarle mi nombre a su hermana, le había contestado iracunda y frenética: "¡No me hables de ese degenerado!                   

          La amistad de Javier, su incondicionalidad, fue mitigando de alguna manera la ausencia de Emperatriz, durante los meses que nos frecuentamos.  Mientras lo tuve cerca, de alguna forma la tuve a ella: En los rasgos familiares, donde podía reconocerla, recordarla, en el mismo pelo negro sobre la frente y el mohín sostenido de vaga sensualidad en la sonrisa.  Si para entonces había transcurrido ya mucho tiempo, desde la noche en que había dejado a Emperatriz para siempre, no fue esa la última vez.  Lo fue cuando dejé de verme con Javier.  Cuando los días, los acontecimientos y los nuevos rostros --como un río de vida inevitable-- fueron decantando y espaciando nuestros encuentros y el entusiasmo inicial de una implícita y divertida complicidad que habría de durar hasta muchos años después cuando eventualmente el azar nos ha vuelto a situar frente a frente y vuelvo a contemplar con nostalgia y ternura el rostro evocador y filial de Javier.                   

          Había comenzado a pensar ahora, en los últimos años, con cierto fatalismo, que la casualidad --ese imprevisto de hechos encadenados que irrumpe en la vida de las personas, tal vez con un propósito de destino-- hacía conspirar nuestro universo, para que se cruzaran nuestras vidas, ahora, a la distancia de más de veinte años.                   

          En más de tres o cuatro ocasiones, al esperar en un piso intermedio el elevador de regreso, al abrirse la puerta y entrar, la he vuelto a tener a mi lado, sola, insólitamente en cada oportunidad. Turbado el semblante por el "trágame tierra" para luego salir disparada por la fuerza de un rencor antiguo, por una rabia sorda, repentinamente iracunda y desafiante, obstinadamente aferrada a un frenesí gastado y vergonzante, que me desconcierta, que me hace sentir absurdamente halagado e indigno de tanto rencor.                   

          Con los ojos de ansiedad puestos en los números del ascensor, inmóvil, indolente, aferrada al maletín de la mujer de negocios que es hoy.  Un poco más gruesa.  Con el aire definido de mujer casada y el aplomo y la prisa de su actividad profesional, que nada va quedando de la muchacha, enfundada en el traje gris con el cual me la regresa la memoria; con el arresto de los sueños intactos de la juventud y la seda del cabello negro y lacio espejeando con las últimas luces del atardecer.                   

          Volví a verla hace poco: El bus en que viajaba --ya caída la tarde-- hizo escuadra en el semáforo de la calle Murillo y la vi subir.  Traía los rasgos afilados y la bata de maternidad enseñaba los últimos días de su embarazo.  El aire lánguido y desprotejido de las mujeres que han salido de cuentas, en su estado.                   

          Cruzó trabajosamente el torniquete, para avanzar por el pasillo.  Por una fracción de segundos me observó, traicionada esta vez, por la lentitud de los reflejos, vaciló un instante más, aturdida, sintiéndose sorprendida y fue a sentarse allí mismo detrás del conductor.  Allí sentada de espaldas a mí, me tocó una ráfaga de ternura y volví a amarla.  De buena gana, la hubiera tomado de la mano, para llevarla otra vez por las calles atestadas del centro y ver como su cabello volvía a ondear suelto por la brisa de la tarde.  Allí estaría esperándonos el mismo restaurante en que solía dejar pasar sus horas de clases y escucharía esta vez, la niña herida y lastimada, que esconde aún bajo la apariencia de mujer curtida por los años.  Inmersa en un mundo familiar que desconozco y en el cual ha de seguir, como todos, bregando en un agua lenta y domesticada, de alegrías previsibles y pequeñas felicidades, de esperanzas rotas e ilusiones inconclusas; perdida irremediablemente en el intrincado laberinto de su rencor y el desprecio tenaz, con el cual me he sentido intensamente amado por ella, durante todos estos años.
                  
          Poco importa ahora, si es pretensión morbosa, o total la certidumbre de sentirse amado.  Volverán nuestros pasos a coincidir inesperadamente en las calles fatigadas del centro, en el desfile interminable de rostros, conocidos y extraños, lacerados de tiempo y de infortunio y ya la infamia y el engaño, los rostros del amor, la espina de una rosa carmesí, reposarán en el fondo de su corazón y ya no volveremos a vernos más, hundidos para siempre en nuestras propias vidas.                   

          Nos volveremos a reconocer --cada vez menos-- en medio de la calle, abatidos por las ráfagas polvorientas que alborotan los puestos de bisutería del centro al atardecer y ya no habrá lugar para el recuerdo.  Quizá, tan solo, alguna vez, una brisa del río, presagiosa de lluvias, refresque el borde de su falda gris en mi memoria.
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©  Walter Fernández Emiliani

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen I - Número 1
Abril-Mayo-Junio de 2000

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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