Luna de Tarot
o la vuelta al orden inicial
Manuel Guillermo Ortega
(Guillermo Tedio)
Universidad del Atlántico
Leyendo el poemario Luna de Tarot, de Lidia Salas, (Caracas, Círculo de Escritores de Venezuela, 2000), afianzo más mi convicción de que para que surja el arte, en este caso, la poesía, el poema, se necesitan dos pasos: uno, la pérdida o carencia, y el otro, la recuperación. Se parte de la privación de una cosa física que se tenía (un ámbito, un espacio, una casa, una ciudad, una persona...) y luego, normalmente mucho tiempo después —es necesario el distanciamiento temporal, a veces espacial—, el rescate en la memoria, in absentia, de ese bien malogrado.
La gente común y corriente, al perder algo, imposibilitada para recobrarlo, se llena de tristeza, de rabia y hasta de violencia, a veces, contra los demás y contra sí misma, de allí el suicidio. El poeta, en cambio, elegido de la sensibilidad, iluso impenitente, recupera esa cosa perdida a través de la memoria y el lenguaje, de la nostalgia y las palabras. Menos mal que frente a la herrumbre de los hierros y el moho de los leños putrefactos, en el poema “Derrota”, está la saudade, “para trocar en brillo/ las sombras y derrotas”. Pero a veces, la hablante duda del método: “¿Podremos guarecernos de tanta soledad en las palabras?” Mientras llega el momento de retorno al espacio de la tribu, tiene “apenas el temblor para mirar de lejos/ y el anhelo de aullar como una perra a la luna de tarot”.
Los “Pájaros” ya no están, se han ido pero hay una hora en que la hablante es “un follaje de alas y de plumas” y “vuelve un arrullo íntimo y nocturno”. Así que el tembloroso origen del poema proviene de una infancia u “Orden inicial” perdido, un “Paradiso” en fuga, que se restauran a través de la memoria hecha palabras. La hablante quiere el regreso, la vuelta, para rescatar “el estrépito del mango entre los labios/ o el agua y su sabor de arenas”. En ella “Sigue el grito de la infancia/ agazapado en las pupilas/ como pájaro enjaulado en el silencio”.
Luna de Tarot es un poemario que tiene la estructura clásica tripartita, iluminada cada parte respectivamente por epígrafes que hablan de la luna atroz de Rimbaud, la luna entre clara y sombría de Pessoa y la luna danzarina de Odiseo Elytis. Aunque pudieran parecer demasiados los cuarenta y un poemas que integran este libro, son en realidad una expresión de economía de medios, de densidad en la expresión. Los mismos títulos (casi todos compuestos por una sola palabra: Candela, Aguaceros, Estrellas, Caballos, Sed, Cáliz, Pájaros, Eros, Latidos, Paradiso, Daguerrotipo, Llamarada, Instante, Torcaza, Guijarros, Nopal. Hechicera, Maga...) manifiestan esa búsqueda de la palabra precisa, del sentido que se expresa más en el rito del silencio que en el significante de las palabras.
En este libro, la luz del trópico, la transparencia caribe, es la llama creativa que permite ver la belleza y la llaga, la vida y la muerte. En medio de la luz, la hablante se muestra como un pintor impresionista que a partir de los destellos, diurnos o nocturnos de ámbito telúrico, ejecuta siempre un viaje hacia la recuperación de lo extraviado. Ha perdido la luz y la intenta alcanzar a través de una magia de tarotista, de quiromántica que utiliza los sortilegios del llamado. En el poema “Aguaceros”, la lluvia torrencial y tormentosa se manifiesta como fuego, incendio, llama, transparencia, relámpago. La luz perdida viene, desde la magia de la evocación, a crear dos tormentas: la exterior, telúrica y pavórica en su belleza, y la interior, dolorosa como una aguja en el corazón.
Para gusto de Bachelard, pienso que Luna de Tarot es un poemario que podría ser llamado perfectamente poesía de los cinco elementos: agua, fuego, aire, tierra y ser humano. De hecho, la naturaleza no importa al arte si está desligada del hombre, de allí que en la poesía de Lidia Salas, lo telúrico siempre termina proyectándose hacia adentro, hacia el corazón del poeta, porque más que racionalizaciones, esta poesía transita por el sentimiento, por una lírica sin coqueteos épicos. Como una bruja de la media noche, a plena luna, la hablante, en su terco ascenso de recuperación del ámbito o paraíso perdido, se deja convocar por las altas luces de las estrellas al gélido terror de los insomnios. En el poema “Azul de medianoche”, la pena y el silencio en el corazón contrastan con el paisaje externo y vital de los lagartos copulando, de la vida riendo en los lirios que se abren apurando su salvaje bálsamo. Y entonces: “El corazón, deshabitado de los dioses, atraviesa el azul de media noche”. El árbol sin hojas y sin savia, el salitre del mar hablan de la herrumbre de la muerte humana.
Los “Caballos” se han extraviado en la infancia perdida: “Ya no cruzan por mi frente los caballos”. Por eso la tarotista los recupera: “Aún resuenan en mis sueños/ un bufido/ y unas coces”.
En Luna de Tarot, podríamos hablar de la técnica del daguerrotipo o del álbum familiar o personal. Hojeando las fotografías amarillas que guarda la memoria, la evocación nos instala nuevamente en el espacio lejano, en la experiencia que se creía perdida. Más que volver invisible a Eurídice, como en el mito órfico, la mirada del poeta, en una proyección bíblica, convierte en efigie de sal o estatua de piedra la experiencia, entendiendo la petrificación como el acto de hacer perdurable lo perecedero, así que Orfeo insobornable, el poeta está obligado a mirar hacia atrás, aún con el riesgo de hacer invisible ese orden inicial o paradiso.
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© Manuel Guillermo Ortega
(Guillermo Ortega
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen I – Número 1
Abril-Mayo-Junio de 2000
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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