La mujer de Broadway
Eduardo Márceles Daconte
La calle se extiende hasta donde alcanza la vista entre hileras paralelas de altos edificios en cuyas ventanas empiezan a encenderse las luces de un crepúsculo rojizo en Nueva York. Los carros se deslizan por el asfalto húmedo con pasajeros forrados en gruesos abrigos invernales y cuando se detienen en las encrucijadas de semáforos, recuerdan un enjambre de luciérnagas erráticas que se entrecruzan compitiendopor un espacio que parece encogerse a medida que crece la noche.
Por la acera de Broadway se aproxima una mujer vestida de negro que me pregunta la hora mientras saca un cigarrillo de su cartera. En el momento de informarle ella enciende el fósforo. A la luz de la lumbre observo un maquillaje espeso, pestañas postizas y la cabellera que parece una peluca sacada del ático sin mayor tiempo para acicalarla. Está nerviosa, gira la cabeza a derecha e izquierda como si temiera ser atacada o estuviese huyendo de algún designio trágico.
Mientras agradece el favor, se me ocurre que quiere quedarse conmigo, conversar, contarme algún pasaje de su vida, proyecta una soledad indescifrable.
Doy algunos pasos en dirección del metro sintiendo su mirada sobre mi espalda con un sentimiento de urgencia y desolación. De repente, escucho que me llama:
—Hola ¿puedo caminar con usted? —me dice con un tono entre triste y confidencial, implorando mi compañía.
No sé qué decir. Es una mujer de mediana edad, sin alcanzar a ser hermosa tiene facciones simpáticas. Detengo la marcha y la miro por encima del hombro. La siento perdida, desesperanzada, parecería que contempla un precipicio hacia donde quisiera lanzarse. No puedo evitar un sentimiento de lástima, aunque también me siento atraído por el misterio que se esconde detrás de aquella súplica.
—Por supuesto —digo sin pensar dos veces, más bien de manera automática, aunque con el remoto temor de estar en presencia de un peligroso juego.
—¿Quiere un cigarrillo? --me pregunta extendiendo la cajetilla que ha mantenido en su mano desde el principio.
Niego con la cabeza y la interrogo sobre su estado de ánimo. Cuenta entonces que durante una semana ha estado vagando por la ciudad sin rumbo fijo, duerme en el lugar donde la alcanza la noche y a veces ha pasado días sin comer.
—El casero me desalojó del apartamento porque dejé de pagar el arriendo. He estado sin trabajo desde que la policía clausuró el cabaret donde trabajaba como bailarina exótica —comenta con un dejo de amargura.
—Dijeron que allí se vendían drogas —prosigue—. Además, acusan al dueño de ser cómplice de un asesinato y yo caí en la redada con un gramo de cocaína que me había regalado un admirador —cuenta con la mayor naturalidad.
Cuando la miro para registrar su reacción, encuentro que sus ojos se empozan de lágrimas. Sobre la esquina, a la entrada del metro, quiero despedirme, voy a decir adiós a esta mujer que camina en una nube de angustia, pero su mirada de perrito asustado me detiene. Ella adivina mi intención y comenta que quiere proponerme un negocio.
—Esta tarde vendí las joyas que me dejó mi mamá. Era el último lazo que me unía a la familia que dejé en Kansas. Aquí tengo 2.000 dólares en la cartera.
No sé adónde quiere llegar con su conversación. Entiendo que quiere proponerme un negocio pero no atino a imaginar en que sentido puedo ayudar, y menos a una desconocida a quien acabo de encontrar en la calle. Así que seguimos caminando y me pide que la acompañe hasta el muelle sobre el río Hudson que se encuentra a escasas cuadras de donde estamos.
A medida que nos aproximamos al muelle, el ruido de la ciudad se asordina en la distancia. Sólo se escucha el eco remoto de una sirena y el murmullo del tráfico a la hora de mayor congestión urbana.
No hemos dejado de conversar en el trayecto. La mujer comenta que tiene muchos amigos, pero recapacita y corrige.
—No son amigos reales sino conocidos en el trabajo que quieren manosearme y después siento asco —dice con una mueca de desdén.
Nos sentamos en una banca del muelle que mira hacia Nueva Jersey. Las luces parpadean con el vaivén de las embarcaciones sobre la corriente y escucho un suspiro que parece salir de un sufrimiento recóndito.
—Bien —le informo después de algunos segundos—, ¿cuál es el negocio que me quiere proponer...?
Yo quiero suicidarme pero soy una mujer cobarde. No puedo hacerlo yo sola —dice mirándome a los ojos ya sin lágrimas. Le ofrezco estos 2.000 dólares si me ayuda a tirarme al río. Es muy fácil, yo me paro allí —y señala el borde del muelle— y usted me empuja. Yo no sé nadar y aquí la corriente del río me llevará sin duda hasta la bahía. Estoy segura que nadie se enterará y así puede guardarse el dinero... , —concluye.
Estoy perplejo. No encuentro la manera de responder a su oferta. Por un momento me entusiasma la idea de tener dos mil dólares más en el bolsillo y pienso en la cantidad de cosas que podría hacer con esa suma. Pero de inmediato un esacolofrío me eriza la piel, me invade un sentimiento de culpa pensar siquiera en la posibilidad de ayudar a alguien a quitarse la vida. Nunca hubiese imaginado el tipo de "negocio" que me iba a proponer la desconocida.
—¿Cómo puede pensar en matarse, carajo? —le espeto sobre la cara con furia—. ¿Cómo quiere involucrarme a mí en semejante proyecto tan descabellado? La policía no demorará en encontrarme y me acusará de homicidio. Además, se equivoca de persona, yo no soy el Dr. Kavorkian.
La mujer me mira desolada. Intenta encender un cigarrillo pero la fuerza del viento apaga los fósforos hasta que por fin consigue prender uno. Exhala una bocanada de humo, respira hondo, y prosigue.
—No le van a acusar porque yo aquí mismo escribo una nota diciendo que por voluntad propia me estoy eliminando del mundo.
Es inútil, ni mis creencias budistas en el karma, ni toda la enseñanza familiar me van a permitir hacer tal cosa. Así que me levanto con la intención de regresar a la estación del tren. Ella me detiene sujetándome por el brazo.
—Si no se gana estos dos mil dólares ahora, estoy segura que alguien me ayudará, y usted parece que simpatiza con mi crisis personal...
Sin embargo, consigo alejarme, no sin un sentimiento de lástima por la pobre mujer que dejo ya entrada la noche sentada en aquella banca mirando la corriente del río.
Camino de prisa hacia el metro con una sensación de angustia y miedo. Las manos están húmedas con un sudor frío y cuando penetro en la penumbra de la estación, me siento un tanto reconfortado por mi decisión. No me arrepiento de haber rechazado la oferta, aunque una sonrisa interior me dice que, con tantas estrecheces económicas, esos dos mil dólares hubieran sido utilizados para sostenerme mientras termino la novela que se encuentra detenida entre dos estaciones.
Unos días después de aquel incidente, ya en vías de desaparecer de mi memoria, observo la fisonomía de una mujer en una fotografía del Daily News mientras desayuno, y regresan de manera minuciosa los detalles de aquel encuentro. De repente, siento una punzada en el estómago cuando me topo con el título que dice: "Hallado el cadáver de una mujer en una playa de Staten Island." El artículo comenta que una mujer sin documentos de identidad fue encontrada por un pescador entre el sargazo de una playa solitaria el día anterior. Se solicita a quienes la conozcan comunicarse con la policía o visitar la morgue para su identificación.
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© Eduardo Márceles Daconte
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen I - Número 2
Julio-Agosto-Septiembre de 2000
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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