En el bosque
de la China
Jaime Cabrera González
La noche había saltado de un tintero y se derramaba en poderosos trazos como queriendo abarcar una hoja en blanco. Los árboles se cerraban sobre mi cabeza con su alta techumbre vegetal. Sentí el olor detenido de las hojas que crujían a mi paso. A lo lejos alguien seguía llamando con la voz derretida por el cansancio. Era ya un simple murmullo en una lengua desconocida y difícil, carente de vocales abiertas. Un eco que se extinguía. En aquella oscuridad de túnel apenas podía distinguir el terreno que pisaba y el asomo de una fuente de luz que iba trazando una ruta.
Sin llegar al final de la arboleda encontré un lugar amplio y bien iluminado. Un campo seco, limpio y llano. Un escenario lo suficientemente despejado para no ceder a esa sensación que siempre me surge después de un día de vino. ¡Qué más podía pedir para mi inquietud! El sitio estaba destinado al propósito de quien se ha propuesto iniciar una historia. Entonces me incliné con la idea revoloteándome en la cabeza. Sabía que mi virtud estaría en la paciencia. Aún quedaban muchas horas de camino por delante. La noche y el silencio eran buenos espejos.
En esas cavilaciones sobre la forma andaba cuando apareció el primero de los personajes. Se trataba de un hombre bajito que olía fuertemente a alcohol y a humo. Debía venir de alguna de esas fiestas de dragones y pirotecnia de las cuales tengo algunas referencias. Se colocó a mis espaldas y estuvo mirando por algún tiempo por encima de mi hombro sin decir nada. Luego se dio media vuelta y se puso a andar en el sentido contrario hacia donde yo había comenzado a moverme. Sentí aquel olor revuelto alejarse como algunos recuerdos que no logran hacer patria en la memoria, pero cuya onda nunca se extingue del todo.
Después apareció un viejo vestido con un traje tradicional raído que dijo algunas palabras sin que yo le prestara mucha atención. Y más tarde, un muchacho con cara de haber sido interrumpido en su lectura; tenía un mechón de cabellos lisos, negros y grasosos que le cubría un ojo. Al poco rato, se me unió otro hombre y uno más, que apenas fueron sombras inclinadas sobre mi sombra. Con el paso de las horas el grupo de personajes había crecido lo suficiente como para que empezara a padecer de tropiezos, golpes de hombros, pisotones, restos de palabras que había escuchado en otras noches. Todos estábamos allí agachados. Saltando de un lado para otro como batracios. De repente, un hombre de gran estatura y músculos de luchador, de cabeza calva y bigotes entorchados como manubrios se paró con las piernas abiertas en medio de mis pensamientos.
—Lo escuché —me dijo, mirándome desde arriba, cultivándose el bigote. —Por eso he venido a ayudarle. Ya es hora que alguien se haga cargo de esto.
Un rayito de luz escénica caía directamente sobre aquella cabeza despoblada que parecía un perdigón de cacería. Comehierros se dirigió a todos, pero como si me hablara a mí. Dijo con voz estentórea de personaje homérico que de esa forma no íbamos a acabar nunca. Lo mejor era una operación que llamó rastrillo, y dejó la boca abierta como si siguiera soplando por el agujero de la última vocal. Había leído, por ejemplo, que la mejor manera de dibujar un pájaro era comenzar por una jaula que tuviera la puerta abierta, una vez entrara la víctima, se borraban los barrotes y ya estaba.
Entonces empezamos a tensar cordeles a partir de una serie de puntos que dispusimos en los bordes con aplicación geométrica. Con un tiralíneas que llevaba en mi bolsillo desde los tiempos en que me encomendaron algunos tramos de la muralla, trazamos una retícula sobre la superficie como si demarcáramos un tablero para el juego, y pasamos a esconder las referencias no fuera a ser que algún enviado imperial viera lo que no había. Tragaldabas nos agrupó, pidió que hiciéramos equipos según simpatía y confianza y diciendo la últimas palabras, se tomó los bigotes entre los índices y los pulgares previamente ensalivados como cuando se va a pasar una página.
Descubrí, como tuvo que sucederle a ellos, que no conocía a ninguno. Tuvimos que entablar conversación para saber la procedencia, los gustos y hasta quedó tiempo para un libro, un chiste, una anécdota, para hablar de la familia o para recordar algún amor que alguna vez caló hondo y que solo fue materia para una canción en la que nos unimos en un coro de coloridas voces.
Tuercecandados dijo por encima del canto que bastaba ya de digresión. Nos fue dividiendo en cuadrillas y nos asignó un cuadro del escaque. Hubo divergencia. El hombre que olía a alcohol y humos dijo que esto no podía seguir así, que había que establecer reglas, cuotas efectivas en la empresa, nuevas motivaciones. Después de una acalorada discusión, de pujos por mejoras, en que estuve tentado a decir que al que no le gustara el asunto que no siguiera con este cuento, se establecieron las normas ante la mirada impasible de Tragacables, que estaba preocupado por la perfección en el arreglo de sus bigotes.
Después el muchacho exigió un orden para cada viñeta ya que consideraba que estaba en desventaja, y con un giro rápido de una mano, se corrió el mechón de cabello liso, negro y grasoso dejando al descubierto la cuenca de un ojo que había perdido en sus lecturas de tártaros y mongoles. A su petición siguió una charada en que cada grupo sacó un representante (ganaron los que descubrieron al pangolín), para que luego tirara de unas pajillas que Almadeacero había asomado por uno de sus puños. Los ganadores fueron escogiendo sus conveniencias hasta que todos quedamos distribuidos en el lugar correspondiente.
A mí me tocó con el viejo que tenía el traje tradicional raído, cosa que no fue mucho de mi agrado, pero mi prevención cambió cuando me dijo que él no había querido decir nada antes para no pasar por lengua larga, que si no había notado que había acudido apenas me escuchó andar por aquella noche, y entonces se me colgó al hombro para demostrarme su solidaridad. "Cosas de viejo astroso", pensé mientras buscaba una mejor posición para atacar la función que me correspondía junto al señor Texto (El rápidamente me corrigió: "Dígame Tejido").
De vez en cuando hacíamos un receso. Aprovechábamos para tomar un poco de agua en una fuente cercana, limpiarnos el sudor de la frente, quitarnos la mugre de los dedos, fumar, recordar el estribillo de la canción que pertenecía a la dinastía de los abandonados. Cagavarilla no dejaba que se dilatara el recreo, bajaba las manos desde los bigotes para golpearlas y gritaba a todo pulmón: "Basta ya, basta ya de tanta holgazanería que se nos viene el amanecer". Se había tomado su protagonismo a pecho. Crecía con el paso de las horas.
No sé en que momento empecé a pensar que Chatarra se saldría con la suya. Tal vez era producto del cansancio, del bosque próximo, de las horas transcurridas en la búsqueda de una voz que no era más que susurro del viento entre las ramas. En su rudeza, en sus ojos rasgados y sobre todo en el bigote había cierta inquietante reminiscencia. Quizás me recordaba el personaje de un libro que ilustré en secreto hace algunos años. Por eso, no dejaba de alzar la vista para ver si de tanto mirarlo me premiaba la memoria, pero solo encontraba su dedo pulgar en alto diciéndome todo anda bien, podrás borronear esta noche de trazos, los gallos están por cantar sin que nadie haya de pedirles explicación, sin que nadie se preocupe por entender su cocoricó.
A las primera luces del alba vino el descorazonamiento. Muchos dijeron que tenían que marcharse por donde vinieron, y agregaron esas palabras que siempre se dejan para el final, que ya se han gastado con el uso y la cortesía. Otros no dijeron nada por ser hijos del silencio, pero tampoco hicieron nada para ocultar su desengaño, puedo ver sus caras. Fierrocolado se había esfumado con la ganancia. Ahora, he vuelto a mirar los árboles en su escenografía vacía de papel arroz. Pero no quiero dejar pasar por alto eso de entorcharse los bigotes cuando en estos días uno se propone otros centros no tradicionales —a pesar de la prohibición de las autoridades reales (ellos prefieren los círculos concéntricos)—, tales como que en un bosque de la China un genio de botella se topó con la chinita que andaban buscando y como ambos se vieron perdidos, se encontraron los dos. ¿Caerán también en las decapitaciones?
_________________________________________
© Jaime Cabrera González
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 1024 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen I - Número 2
Julio-Agosto-Septiembre de 2000
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
El URL de este documento es:
http://lacasadeasterion.homestead.com/v1n2china.html