Editorial:
La naturaleza utópica de la literatura
Guillermo Tedio
Universidad del Atlántico
Creo que la misión de toda literatura es la de plantear una utopía, es decir, describir o narrar o contar, o decirnos, para el caso de la poesía, lo que debe ser el mundo, no lo que es. Por eso descreo de la llamada literatura realista y en general del arte realista. No digo que no se deba o se pueda escribir literatura realista o hacer arte realista. De hecho fue una escuela o movimiento literario el realismo y aún hay autores que siguen cultivando ese tipo de literatura. Considero que de nada sirve mostrar a los lectores o a los espectadores la realidad porque ellos la están percibiendo con sus cinco sentidos y su mente, todos los días, en un lugar y espacio determinados. El mundo en sí mismo se expresa como realista. Pienso que todo arte debe aspirar a una misión que esté por encima del pobre pragmatismo de querer repetir el mundo.
Ahora, en un estricto sentido, no existe literatura propiamente realista. De verdad que no hay fantasía más desequilibrada que la de intentar reproducir el mundo con palabras o con colores y demás formas artísticas. Pretender hacer realismo a través de la lengua es algo irrealizable pues el lenguaje funciona como un filtro en el que toda realidad volcada se manifiesta como lo que queremos que sea el mundo, no como lo que es. Prueba de ello es que cuando a un pueblo le quitan una lengua para imponerle otra, le están imponiendo también una nueva visión del mundo, otra manera de concebir las cosas. El lenguaje jamás podrá darnos una visión realista del mundo.
Cuando digo literatura realista no afirmo que pueda haber una literatura capaz de darnos la objetividad del mundo material, social o humano. Con el nombre de literatura realista aludo sobre todo a la tendencia en las letras o el arte, de querer mostrar, de intentar retratar o describir el mundo con mirada pragmática, sin los elementos de la magia, la fantasía, la imaginación o el absurdo.
Una idea generalizada es la de que la realidad —en nuestro caso la realidad colombiana o latinoamericana— supera la imaginación. Esa frase de cajón acuñada por Mariátegui y defendida por el realismo mágico o lo real maravilloso, ha sido aceptada sin revisión, quizás por el atractivo adorno de su contrasentido, pero vista de cerca, resulta sospechosamente retórica y por lo tanto demagógica. Ninguna realidad, por insólita que nos parezca, supera la imaginación porque de hacerlo, dejaría de ser realidad. Las únicas manifestaciones que están en capacidad de superar la realidad son la literatura, el arte y la filosofía, tal vez la religión: superarla en el sentido de crear mundos utópicos. Como ya lo ha dicho Carlos Fuentes, la trascendencia de la literatura en el alma y la vida de los hombres surge siempre del choque entre la épica, es decir, la historia, la realidad, y la utopía o la imaginación, entre el ser y el deber ser que la filosofía ha develado. Esa tensión es la que va a producir el mito. Lo mismo ocurre en la realidad de la Historia. Un héroe, un personaje, por ejemplo, se vuelve leyenda, utopía, cuando sobre la épica o la realidad de su vida, los pueblos agregan, a través de la tradición oral, la imaginación del deber ser. Y utopía no significa ausencia de crítica, evasión a la tierra de nadie. Considero que una literatura es profundamente crítica cuando toca el terreno del deber ser porque nos está hablando de su inconformidad con el mundo actual o presente. La literatura, como arte de ficción, puede acercarse, a veces mucho más que el discurso histórico, no a la realidad, pero sí a la verdad, mayoritaria aunque siempre parcial, de los que no han tenido voz y que en últimas son los que han producido los grandes cambios del mundo. Muy socarronamente, García Márquez, en el cuento "Los funerales de la Mamá Grande", critica el discurso histórico oficial, la Historia contada por las clases dominantes: "ahora es la hora de recostar un taburete a la puerta de la calle y empezar a contar desde el principio los pormenores de esta conmoción nacional, antes de que tengan tiempo de llegar los historiadores".
La idea de concebir la literatura como manifestación humana que se justifica en razón de la magia, lo insólito, lo absurdo —términos que se tocan con el concepto de utopía— no significa solamente la construcción ficcional de un país ético como en Moro, Huxley o Swift. Tampoco habría que parcializar el término en su viejo sentido socio-político. La utopía en literatura tiene que ver con la construcción de mundos o personajes o espacios que partiendo de la realidad le abran al lector, a través de la magia y la palanca de lo insólito, ciertas claraboyas por donde pueda percibirse la complejidad del mundo. Ese estremecimiento de percibir el mundo en su precariedad o en su grandeza o de percibirse el hombre a sí mismo, no se alcanza con la literatura realista que nos muestra lo que todo mundo ha visto pero no lo que debería percibir. En este sentido, la metáfora se acerca elocuentemente a la idea de utopía literaria pues establece siempre un nexo entre realidad e imaginación para darnos el tercer término de la utopía.
La idea de rechazar la literatura realista pudiera hacer pensar, como ya se dijo, que se defiende una literatura evasiva y escapista que temiéndole a la realidad, se refugia en la fantasía y el sueño, en el relato intimista, en el poema que huye del verso nerudiano: "Venid a ver la sangre por las calles". Creo que podemos revelar o develar el mundo con el relato donde prima la ficción. Nos dicen más sobre el mundo las utopías de un Borges o de un Cortázar que las de un autor realista. Al fin y al cabo, en todo escritor la realidad histórica termina imponiéndose como metáfora social. Es, por ejemplo, lo que pasa con "Casa tomada", de Cortázar, en que gracias a la imaginación y al carácter fantástico de las fuerzas extrañas que se toman la casa, se puede realizar la lectura política de que esas fuerzas fantasmales y anónimas tienen que ver con los avances sociales del peronismo en Buenos Aires. Cortázar expresa de un modo profundo, metafórico y simbólico la intromisión de unas fuerzas que desalojan a los dos miembros —hermanos— de una familia terrateniente condenada a la endogamia. Como dice el propio Cortázar, más que ser un comprometido, el escritor es un testigo cuya obra, lejos del tono panfletario, se construye mediante una forma que viene dada precisamente por la fuerza del tema o asunto que la realidad le ha impuesto. Las más grandes imaginaciones son metáforas o símbolos de las quiebras o crisis de un país. Es evidente que toda ficción, por fantástica que sea, se nutre en la matriz de la realidad empírica pero mostrar la realidad no es la misión de un escritor. Al fin y al cabo, siempre mostraría su realidad y no la realidad.
Si aceptamos que la literatura nace de la infelicidad humana, estos serían buenos tiempos para el arte de la escritura. Ya es un hecho aceptado el de que más que de gozo y risa, la literatura se nutre de tristeza. Por lo menos es lo que nos muestran las grandes obras de la literatura universal. Aparece así un terreno abonado para la utopía. Caído el modelo de la utopía marxista, necesitamos de una nueva fe para no caer en el abismo del espíritu trágico y desesperanzado. Esa utopía la reclama la juventud actual, seducida por los ofrecimientos de la tecnología sin alma.
Por supuesto, no podemos caer en el trascendentalismo de creer que la literatura pueda transformar la realidad, mucho menos cuando ésta es tan terrible y complicadamente dolorosa como la nuestra. La literatura no tiene fuerza para cambiar nada. A lo sumo nos hace reír o nos saca una lágrima, dos hechos que de alguna manera la justifican porque nos dan una dimensión imaginativa de la vida. De cualquier modo, a un país que sufre como el nuestro, no le hace mal una literatura con poder de ficción. En cambio, lo aporrea una literatura realista en donde se hagan inventarios de muertos y se descuide la lengua como cosa viva y lúdica. Cuando leemos un buen libro, una novela o un poemario que nos tocan como una mano amiga, sentimos que en un primer lugar está la imagen de identidad. Nos identificamos con una lengua que expresa nuestros deseos y utopías, nos identificamos con un tema, una historia, unos personajes que gracias a su estructuración artística, nos ayudan a comprender la difícil pluralidad del mundo.
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© Manuel Guillermo Ortega
(Guillermo Tedio)
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen I - Número 2
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2000
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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