Perder es cuestión de método: Entre la realidad y el cliché
Martín Gómez Orozco Universidad de Los Andes Bogotá - Colombia
Germán Rey y Jesús Martín Barbero definen el melodrama como un género en el que se escenifican los conflictos que se tejen en la sociedad, de manera que allí se ve representada la realidad; una de los rasgos principales del relato del melodrama es la utilización de estereotipos para caracterizar las situaciones y a las personas, de manera que el lector pueda identificar el lugar y el rol de ambas en la realidad en que vive, generando un efecto de cercanía con la representación que de ella ve en la obra. Esta idea podría hacerse extensiva a una obra como Perder es cuestión de método, de Santiago Gamboa.
Una red de mafiosos que entre la industria, las instituciones públicas y las más sofisticadas y comunes empresas delictivas, maneja el país a su antojo, moviendo sus fichas en todos los escenarios, llegando incluso a aquellos en los que funcionan los mecanismos de toma de decisiones: una prostituta que sueña con ser una cantante famosa y que es diva en la sórdida oscuridad del cabaret; una esposa sumisa y frágil, ignorante de los torcidos de su marido e inocente de toda culpa, pero, pese a todo, beneficiaria de las ganancias que ellos producen; un oficial de policía, hombre vulgar, que mediante un lenguaje pomposo, rebuscado --y muchas veces inapropiado-- se inyecta ínfulas de hombre importante al hacernos un absurdo y desencajado relato de los hechos que desde su niñez provocaron su bulimia; un empleado público que, como muchos otros colombianos, padece la incertidumbre que causa tener un ser querido desaparecido y que, como un niño, decide jugar al detective; un burócrata de bajo rango que llena crucigramas y vende información confidencial a cambio de una mogolla con colombiana; un mafioso gordo y grasoso, caracterizado por el mal gusto y la extravagancia, que desde el bajo mundo mueve sus influencias en los altos círculos, a punta de dinero y golpes propinados por sus gigantes y sonsos guardaespaldas; un loco encerrado en un manicomio en las afueras de la ciudad, que en medio de su alejamiento del mundo exterior tiene una lucidez que superaría a cualquiera que se diga cuerdo, y que le da cierto aire de visionario, apareciendo como el oráculo que revela las pistas fundamentales para descifrar el misterio alrededor de un crimen; y el protagonista, Víctor Silanpa, un periodista de las páginas judiciales de El Observador, cautivado por la intriga que él mismo teje ante un hecho sin mayor importancia para el público como lo es el hallazgo de un cadáver empalado a orillas del Sisga. Silanpa tiene todos los contactos necesarios para acceder sin complicaciones a toda la información necesaria para esclarecer el crimen en el que están involucrados concejales, constructores, mafiosos y hasta un grupo de naturistas.
Todos estos son los personajes que componen el entramado de un complejo social que, mediante estereotipos, aparece representado en la novela de Santiago Gamboa.
Desde el título mismo, Perder es cuestión de método, la novela se caracteriza por el predominio de un tono irónico que alcanza a ridiculizar lo cotidiano, debido a que, aunque probablemente su intención no sea ridiculizar nada, la realidad social que representa está llena de situaciones, hechos y personajes que por sus características se ridiculizan por sí mismos; en casos como el del capitán Moya o el del concejal Esquilache, el uso de estereotipos y la ridiculización son llevados al máximo extremo mediante la hiperbolización.
La trama de la novela es sencilla: el cadáver empalado de un hombre es encontrado en la orilla del Sisga, y un periodista de la sección judicial de El Observador se encarga de asumir la investigación del caso; al empezar a hacer las pesquisas correspondientes, alcanza a suponer, gracias a la contextura física del cadáver y al lugar en donde fue encontrado, la posible identidad del muerto; el siguiente paso es indagar en su vida, y averiguar quién podría beneficiarse con su muerte, las razones que tendría para hacerlo y su posible relación con el crimen. El resto de la historia la componen las aventuras de Víctor Silanpa y su escudero, Estupiñán, en el camino hacia el develamiento del misterio que hay detrás del empalado del Sisga, que se entreteje ante los ojos del lector con los movimientos de los posibles implicados en el crimen; no muy bien articulados con el resto de la historia, aparecen algunos asomos a la desastrosa vida sentimental de Silanpa junto con el discurso de presentación del capitán Aristófanes Moya ante una congregación de comelones arrepentidos llamada La Última Cena. Perder es cuestión de método es una novela que está llena de estereotipos y de situaciones típicas que pertenecen tanto a la realidad representada como al mundo que han creado las expresiones que han hecho el ejercicio de representarla; en esta novela son muchos los lugares comunes que llegan a darle cierto aire cliché: Silanpa tiene un Renault 6, y le gusta ir a cine, al Astor Plaza, y fumar Pielroja; se mencionan recorridos por la ciudad que se llevan cabo no a través de la narración de itinerarios sino mediante la alusión a sitios concretos --muy representativos y representados todos, hitos de la ciudad-- como la Avenida Suba con calle 127, las Torres del Parque, la calle 84 con carrera 15, la Avenida Jiménez con carrera Séptima, el parque de Lourdes, la Autopista Norte y la Avenida Caracas con calle 64; por razones del caso que está investigando, pero también por su estado anímico, Silanpa termina tomando aguardiente y escuchando baladas y rancheras en un burdel, que es donde va a encontrar muchas de las claves necesarias para resolver el misterio del crimen; Silanpa se va arruinando poco a poco al ser absorbido por el caso del empalado, y termina encontrando el cariño que le hace falta en una prostituta y en Estupiñán, su noble escudero; el periodista judicial termina resolviendo el caso antes que la policía, y no se conforma con la versión oficial que se basa en una solución simple que no ve más allá de lo evidente, que se deja confundir por lo aparente y elemental, y que --como ya es común con las versiones oficiales-- termina siendo complaciente con los poderosos; en la novela también aparecen un cachaco afectuoso, hipócrita y cínico, un hombre pusilánime que ejerce un alto cargo pero que en realidad no es más que una marioneta de quienes realmente detentan el poder, y una familia que ha logrado comprar la felicidad fácilmente con colegio bilingüe para sus hijos, carro, club y vacaciones en Miami.
Volviendo a Víctor Silanpa, aparece como un personaje muy bien construido de quien, por ser el sujeto que pone a andar la trama al intentar desenmarañar la madeja que los criminales enredan alrededor del crimen que han cometido, el narrador nos muestra distintas facetas que van desde su vida profesional hasta su vida sentimental, de manera que ambas están atravesadas --determinadas y condicionadas a la vez-- por sus estados de ánimo.
Silanpa es un tipo simple y anodino; no es de los que tienen una teoría para todo ni de los que con mirar a una persona pueden descifrarla y definirla con dos o tres palabras; puede ver más allá de sus narices, aunque más porque lo ha aprendido mediante el ejercicio de su trabajo que por ser poseedor nato de un don sobrenatural; en su vida personal ocurren cosas que le quitan el sueño y que lo hacen sentir el fracaso cerca; su cabeza no es un vademécum de referencias bibliográficas, y --contrario al inspector Sinisterra, de Scorpio City-- más que un filósofo, parece un ejecutivo medio que no tiene tiempo para divagar ni para elaborar y exponer complicadas teorías sobre el ser y su permanencia en el espacio y el tiempo; las hemorroides y el tinto lo humanizan aún más, lo acercan más a cualquier hombre del común.
Pero, pese a todo lo anterior, lo común que tiene Silanpa no lo desdibuja porque en la novela también aparecen muchas de las particularidades que lo distinguirían de cualquier otro individuo: una de sus más queridas posesiones --más que una posesión una compañía-- es una muñeca que lleva consigo a todos lados, en cuyos bolsillos mete papelitos con frases célebres que, a la manera de un oráculo, le sugieren explicaciones y caminos alternativos para sortear las problemáticas situaciones en que se ve involucrado --de hecho una de las frases que allí encuentra es Perder es cuestión de método--; para complementar sus ingresos como periodista de la sección judicial, Silanpa trabaja como fotógrafo en los moteles, haciéndoles pillaje a esposos infieles, a quienes su lente siempre capta in fraganti; a Silanpa también lo vemos enfrentando una decepción amorosa, y perdiéndolo todo al mismo tiempo: su casa, su carro, a su novia.
Perder es cuestión de método está planteada a manera de novela policíaca en la medida en que gira en torno a las pesquisas orientadas a develar los misteriosos móviles de uno de esos crímenes que muestran sofisticadísimas técnicas de una violencia que puede llegar a tener un sentido ritual; sin embargo, en la novela no hay espacio para sorprender al lector pues ante los ojos de éste la trama no alcanza a plantear dudas que hagan tambalear las escuetas, insustanciales y sencillas hipótesis que la lectura permite formular; en la novela la solución está todo el tiempo al desnudo ante los ojos del lector porque en lugar de haber una ecuación --así sea la más elemental-- lo que hay es una operación aritmética básica con todos sus términos al descubierto, de manera que lo único que hay que hacer es leer la novela para terminar llegando a ese punto al que ya todos suponemos desde un principio que vamos a llegar --que, en términos matemáticos, equivaldría a introducir las cifras en una calculadora que termina haciéndolo todo sin que el resultado final alcance a tener algo, así sea mínimo, de inesperado aún para las mentes más sencillas.
Con toda razón, el lector de Perder es cuestión de método sospecha de todos los que de una u otra manera se benefician con la muerte de Pereira Antunez, porque, además de que no hay nadie más de quién sospechar, en alguna medida todos resultan siendo culpables en un crimen que funciona conforme al ya conocido esquema de división del trabajo; pero en este acierto, más que una excesiva astucia del lector, lo que hay es una falta de astucia del autor para construir una trama en la que lo inesperado y lo sorprendente jueguen un papel preponderante.
Entonces, los aplausos no son para el autor ni para el lector porque éste no tiene que hacer mayor esfuerzo para resolver el misterio, y porque aquél no ha logrado plantear las cosas en unos términos tales que el lector sienta que tiene un misterio ante sí; los aplausos son, pues, para Víctor Silanpa, quien muchas veces saca de la nada, de manera inexplicable, sospechas que terminan llevándolo por el buen camino. En varias ocasiones en las que Silanpa se encuentra perdido ante la falta de indicios claros, la mano del autor le pone en frente pistas que resultan ser fundamentales para llegar a cumplir la realización máxima de todo detective: establecer quiénes son los culpables, cuáles son sus recorridos y la manera cómo procedieron a lo largo de estos.
A esta altura considero pertinente abrir un paréntesis y llamar la atención sobre el hecho de que quizás lo más sorprendente que tiene la novela es lo reforzada que llega a ser la manera como Gamboa termina disponiendo los hechos que siguieron a la muerte de Pereira Antunez, y el itinerario que sigue su cadáver hasta llegar a la orilla del Sisga en la que es hallado; con unos hechos así es apenas comprensible que Silanpa solo pueda descubrir algunos indicios por pura casualidad y que el resto sea producto de su envidiable astucia, que lo hace merecedor de toda clase de dignidades y elogios.
Silanpa resuelve con éxito el caso, aunque la versión oficial lo desmienta y le quite el crédito a su trabajo --de hecho el capitán Aristófanes Moya, cuando se retira de la Policía Nacional, pasa a ser jefe de seguridad del constructor Vargas Vicuña, quien finalmente nunca es acusado ni mucho menos condenado por su participación en el crimen-; Silanpa pierde lo poco que tenía al principio de la narración: a su novia, su carro, su casa, su entusiasmo. Pero reconstruye su vida, quizás para empezar a verla derrumbarse de nuevo, demostrándonos con las conductas que adopta sistemáticamente ,que incluso para perder es necesaria cierta dosis de meticulosidad.
Antes de leer novelas como Perder es cuestión de método y Scorpio City, de Mario Mendoza, sabiendo de oídas que eran policíacas, me preguntaba si una novela de este tipo tendría vigencia al desarrollarse su acción en Bogotá; quizás el estereotipo de detective que ellas manejan tenga sus antecedentes en Poirot, Maigret, Dupin, Carvalho, o en los detectives de las películas de Hollywood. La verdad es que a un estudiante como yo podría parecerle que un personaje como Silanpa está, en cierta medida, fuera de lugar al ser contextualizado en la ciudad que vive cotidianamente, al no encontrar en ella a dicho estereotipo.
Sin embargo, los altos índices de criminalidad de la ciudad, sumados a las sofisticadísimas formas que ha adoptado la violencia que hemos visto en ella, podrían servir de argumento en favor de la actualidad que puede tener este tipo de obras, que me parecen vigentes cada vez que leo en la fachada de una casa como cualquier otra en la calle San Bruno (Segunda, No. 10-39), frente a la Universidad de la Salle, una placa que dice: "Esta casa fue propiedad del Abogado Raimundo Russi, célebre en la historia policial de su época". _________________________________________
© Martín Gómez Orozco
LA CASA DE ASTERIÓN ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios Volumen I - Número 2 Julio-Agosto-Septiembre de 2000
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCCIÓN UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO Barranquilla - Colombia
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