El vientre de la ballena
Jesús Jiménez Reinaldo
Mirando fijamente la estela triangular que dejaba el ballenero, el marinero sufría por haber malgastado su vida. Aquel día cumplía cincuenta y cinco años, y la vejez le parecía más próxima y más intolerable. Además, no estaba enamorado de la vida.
Las chicas que alborotaban sus ratos de ocio en los puertos de Europa y Surámerica sólo satisfacían los impulsos de la carne, pero no calmaban su desazón ante la vejez solitaria que tanto temía. Cumplía cincuenta y cinco años, lo estaba celebrando con cerveza abundante. Ya había vomitado a estribor y a babor, y sus compañeros lo habían levantado tres veces del suelo de cubierta.
Ahora miraba fijamente la estela dibujada en el mar nocturno y su mente se centraba en la idea de que había desperdiciado su vida.
Se repetía de memoria las frases del poeta inglés que se enamoró del mar en 1795: "Tienen las estelas marinas la pomposidad de los oráculos sagrados. Cautivan los ojos, errabundos antes. Atrapan la melancolía del viajero, el malestar íntimo del paso irrefrenable del tiempo. Son las estelas una marca pasajera. El mar puede que sea eterno; los hombres, las estelas, apenas duran nada."
Tenía el malestar de los muchos años sobre los hombros. La cerveza le ardía en las venas de sus sienes y se agitaba con furia en el saco del estómago. Sabía que su estado era un mal ejemplo para el resto de la tripulación, un insulto a sus compañeros, pero no le importaba lo más mínimo. Tenía cincuenta y cinco años, y no era feliz.
Entonces sintió una sacudida amarga en la boca del estómago, se estiró cuanto pudo en un esfuerzo por dejar paso franco a lo largo del esófago y se inclinó en la barandilla, sobre la estela de plata, violentamente. Vomitó en el aire y cayó al mar, mezclado con sus propios desechos. Oyó en la lejanía que alguien gritaba "¡Hombre al agua!". Cuando su cabeza golpeó contra la superficie viscosa en movimiento, empezó a entrarle agua salada en su boca sucia y reseca. Se le nubló la mente.
Al abrir los ojos, se vio rodeado de algunos amigos, su esposa y sus tres hijos. El más pequeño lo miraba con lástima. Le habló su mujer. No debería haber bebido tanto en su fiesta de cumpleaños. Qué iban a pensar los niños. Qué dirían de su conducta los invitados. Mientras le regañaba, le ayudó a levantarse del suelo del salón y lo acompañó al cuarto de baño para que se aliviara la borrachera con agua fría.
Flotando en el vaho del alcohol, se sintió desarmado: su mujer le desnudaba apáticamente, con abnegación. Se vio empujado bajo el chorro frío de la ducha. Mientras ella le masajeaba las sienes, él boqueaba ampulosamente, como un pez. Finalmente su esposa le dio dos ligeros cachetes en la mejilla y le recomendó que se quedase en la ducha hasta que estuviese despejado del todo. La vio salir a la superficie.
No podía superar la presión del agua sobre su cabeza turbia. Se sentía zarandeado de un lado a otro por los brazos incansables del mar. Sus ojos estaban cerrados de par en par en el seno de aquella masa informe y acogedora que lo envolvía como una esposa. Se dejó llevar voluptuosamente en su derrota hacia el fondo. Sólo sentía una suave paz invadiendo su cuerpo. Se iba a abandonar a aquel arrullo...
Sintió un estallido en su cerebro. El dolor se extendió, como el rayo, por su cráneo, que había golpeado contra los escollos de la costa. Escapaba su sangre, se mezclaba con la masa salada y, a la vez, su cabeza caía en un sopor húmedo y oscuro. Pero podían más sus instintos, en aquella batalla confusa y silenciosa. Quería luchar contra aquella muerte cierta, con sus escasos recursos, no importaba que no tuviera apenas posibilidades o que no amara la vida. Sólo quería morir consciente. Así que hizo un esfuerzo y concentró todas sus fuerzas para abrir los ojos.
Estaba en el fondo de la bañera, completamente salpicado de sangre. Los brazos de su mujer lo tomaron con energía y suavidad, y se sintió arropado en los senos tibios de ella. No pasaba nada. La sangre ya se había cortado, sólo necesitaba dormir y se pondría bien. Era tan cálida aquella protección que se dejó llevar de nuevo en sus brazos. Su mujer le llevó hasta el dormitorio, donde le secó despacio. Después le limpió la herida con agua oxigenada y la protegió con un vendaje aparatoso. Le acostó.
La cama era cómoda y tibia. Aunque su cabeza flotaba en una niebla densa, su cuerpo estaba tonificado y fresco. Su mujer le recorría la piel, frotaba contra él su cuerpo leve y caliginoso. Estaba embotado. No hizo nada. Se dejó llevar por sus manos ágiles, hasta que ella consiguió que apretase los músculos lumbares.
Lentamente el movimiento fue más frenético, arriba y abajo, arriba y abajo, y él se dejaba llevar pasivamente en ese ritmo ajeno y propio. Arriba y abajo, arriba y abajo, cincuenta y cinco veces.
Cuando la cabeza le estalló en una niebla baja, se contrajo con el resto de sus fuerzas para dejar salir el flujo de la vida. Y lentamente, suavemente, se dejó caer para siempre en el acogedor lecho del mar. ____________________________________
© Jesús Jiménez Reinaldo
LA CASA DE ASTERIÓN ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios Volumen I - Número 3 Octubre-Noviembre-Diciembre 2000
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN DEPARTAMENTO DE IDIOMAS BARRANQUILLA - COLOMBIA
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