Editorial Polémica sobre cultura en Colombia: Capillas centralistas VS folclor provinciano
Guillermo Tedio Universidad del Atlántico
La cultura en manos del Estado corre dos riesgos: La burocratización y las capillas. Por un lado, el poco presupuesto de los organismos estatales creados para impulsar políticas culturales se gasta en el pago de una larga nómina y lo que realmente queda para la cultura es en sí muy poco. El otro riesgo es la formación de capillas culturales que admiten solo determinada forma o tipo de manifestaciones culturales en detrimento de otras, como podía estar pasando con las capillas centralistas empecinadas en gastarse el presupuesto en expresiones culturales elitistas mientras las regiones recibían apenas, como Lázaro, las migajas del banquete de Epulón. Una sana actitud de un Ministerio de Cultura sería precisamente la de evitar esas dos plagas: La burocratización y las capillas. Piensan las élites culturales, en una actitud arrogante, que cultura es únicamente erudición, diccionario, enciclopedia, conocimiento libresco y acceso a las artes. Y ha sido esa actitud estrecha del concepto de cultura lo que ha hecho que la educación recibida en la primaria, secundaria y universidad no sirva para preparar al hombre colombiano en la orientación de resolver problemas prácticos de su propia vida y del país. En otras palabras, tenemos un distanciamiento entre educación y realidad, de tal modo que el estudiante va por un lado, aprendiendo cifras, datos, nombres, taxonomías y la realidad del país va por otro, aumentando su complejidad irresoluta por falta de estudio y de políticas que sirvan no a las minorías sino a la colectividad. Por ello se tiene abandonado el medio ambiente, la naturaleza, la flora, la fauna, las tierras, las aguas, el aire y lo que es más importante, la materia humana, así que la vida no vale mucho en nuestra tierra.
Normalmente se tiene por culto a quien sabe, por ejemplo, los nombres y las fechas de composición de las óperas de Verdi o el que asiste a un teatro a presenciar Rigoletto o el Don Juan. Olvidan estos pequeños grupos o capillas que cultura es toda práctica, costumbre, comportamiento, sentimiento o conocimiento adquiridos, a diferencia, como anota el profesor Homero Mercado, de lo genético, que viene con el hombre. Y los procesos culturales son tan fuertes, dejan tantas huellas que la misma evolución y desarrollo genético se encuentran dirigidos por la cultura, por lo adquirido, como ocurrió con la aparición de la mano. Nadie ignora que la mano es un producto cultural.
Pero no todo comportamiento o conducta entran en la esfera de la cultura. Allí están los comportamientos y conocimientos que contribuyen a la formación del hombre y a su felicidad, no desde el punto de vista individual, sino desde lo colectivo. Por eso el derecho ha señalado que priman los derechos colectivos sobre los particulares. Las creaciones tecnológicas lesivas a la naturaleza y al hombre no pueden ser cultura.
Un concepto equivocado de cultura es el que esgrimen algunos periodistas cuando hablan de "cultura de la violencia", "cultura del secuestro". ¿Cómo pueden entrar en la esfera cultural conductas que van contra el hombre, la libertad y los derechos humanos? Ese lenguaje distorsiona y no le hace ningún bien al país.
El poco presupuesto que el gobierno aprueba para educación, cultura y deporte no es una inversión, según el estado, sino gasto. Posición equivocada puesto que la principal inversión de un país es la que se hace en educación y cultura. Una cátedra o clase sobre derechos humanos, sobre ética daría mejores resultados productivos al país y si ello se hubiera incluido de manera sistemática en los planes de estudio, no estaríamos metidos en este baño de sangre que obliga al estancamiento económico y a que muchos colombianos, en una actitud equivocada pero explicable por el derecho a sobrevivir, se vayan del país. En lugar de mejorar los sueldos a los educadores, de pagarles a tiempo, de invertir en la infraestructura de escuelas, colegios y universidades; en bibliotecas, sistemas de informática y campos deportivos, se gasta en otros ministerios donde pulula una frondosa nómina burocrática o se propicia la violencia y la guerra con el armamentismo. Cada día se rebaja el presupuesto para educación y cultura. Prácticamente el próximo situado fiscal hace desaparecer el Ministerio de Cultura, que pasa a ser parte del Ministerio de Educación, como antes, y entonces la cultura volverá a ser lo que siempre ha sido, la huerfanita de la casa. Con su arranque el 7 de agosto de 1997, el Ministerio de Cultura, de 88.OOO millones de pesos que tenía asignados en 1998 pasará a 39.000 millones en el 2001, es decir, el 56 % de disminución, lo que decreta prácticamente el acta de defunción del Benjamín de los Ministerios.
No se trata de defender un folclor provinciano o el gusto exquisito de las capillas centralistas sino de dar apertura equitativa a toda manifestación cultural propia y universal. Desde ese punto de vista, habría que admitir la ópera y el jazz pero también el vallenato y el porro, el carnaval y el Festival de Música del Caribe, la guabina y el bambuco, los concursos literarios y los festivales de cine. En estos tiempos de aperturas, de globalización, de hipertextos, en que la liebre le gana a la tortuga por la sorprendente velocidad de las comunicaciones tele-electrónicas, ninguna manifestación cultural, artística o científica es netamente regional. El vallenato, que se interpreta con un instrumento alemán --el acordeón--, proviene de zonas del Cesar y la Guajira en donde los campesinos recibían de las familias extranjeras llegadas y radicadas en la región, el regalo del viejo acordeón con el que algún miembro de la familia foránea interpretaba valses europeos. Así, esos primeros aprendices campesinos sacaban notas al acordeón que recibían como juguete y le agregaban letras improvisadas en que más que cantar, contaban sus trabajos y faenas y luego sus amoríos, parrandas y las noticias de la zona, como se dice en la leyenda de Francisco el Hombre, quien recorría las aldeas de la Costa, llevando noticias, y le ganó al diablo en un duelo de acordeones. Fue así como seguramente el vals europeo se transformó en vals nato (vallenato, propio).
La globalización ha hecho que el mundo se convierta en una aldea. En el mismo momento en que ocurre un hecho importante en cualquier parte del planeta, lo estamos viendo en vivo y en directo, de modo que la región es sacudida desde múltiples vectores por influencias culturales de todo tipo. Creo que la clave de lo que es nuestra cultura (la colombiana, la latinoamericana) la ha dado García Márquez, quien con toda su socarronería ha dicho recientemente que va a poner punto final a esta polémica sobre cultura, con la composición de una "ópera vallenata". Por supuesto, José María Peñaranda le ha ganado a Gabo cuando compuso hace ya muchos años su Opera del Mondongo, lo mismo que el novelista Ramón Illán Bacca, quien escribió su novela Maracas en la ópera, títulos que muestran esa amalgama entre lo europeo y lo americano. Está probado que las grandes obras artísticas y literarias en América Latina son manifestaciones pluriculturales, sincréticas. El solo hecho de que hablemos lenguas europeas como el español, el portugués, el francés y el inglés nos sitúa en el entorno de la cultura europea. Somos europeos porque la lengua que nos dieron nos impuso la visión del mundo occidental, eurocéntrica. Pero a esas lenguas y a esas focalizaciones occidentales se agregan, formando una amalgama pluridialógica y polifónica, la visión judeo-cristiana que llegó con los españoles, portugueses, franceses e ingleses; los aportes del mundo africano, los modos y maneras de la cultura árabe, más tarde la influencia norteamericana con su dominio de la tecnología, y a todo eso, los sustratos culturales y lingüísticos de las tribus americanas, de modo que como decía el mexicano Vasconcelos, se ha formado una raza cósmica donde se juntan y repelen múltiples formas de cultura, religiones, sangres, linajes, visiones.
Bibliografía:
--Ernesto Samper Pizano. "Réquiem por el Ministerio de Cultura". En: Lecturas Dominicales de El Tiempo. Bogotá, 15 de octubre del 2000, p. 4. --Homero Mercado. "¿De qué cultura hablamos?" En: Revista Dominical de El Heraldo. Barranquilla, 24 de septiembre del 2000, p. 2. _______________________________
© Guillermo Tedio
LA CASA DE ASTERIÓN ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios Volumen I - Número 3 Octubre-noviembre-diciembre 2000
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO BARRANQUILLA - COLOMBIA
El URL de este documento es: http://lacasadeasterion.homestead.com/v1n3editorial.html |