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Michel Foucault, quice años después:
Una mirada transgresora al ejercicio del poder

Ubaldina Díaz Romero
Universidad del Atlántico


          El 25 de Junio de 1984, fallece Michel Foucault, en un hospital de París, el mismo que fuera el escenario de sus investigaciones acerca de las prácticas del encierro que ven la luz en su obra El Nacimiento de la Clínica. Ironías de la vida, para quien se atrevió a vivir desde lo más  hondo de su ser, la experiencia de los límites, esa que nos coloca en la posibilidad de explayar el horizonte de nuestra conciencia, más allá de aquella Razón analítica, finita, propuesta por los ilustrados, hacia una Razón de base histórica, que retome del enfoque  hegeliano aquello que le da profundidad en la contemplación del presente.

          Siguiendo en parte la línea nietszcheana pero tocado a la vez por la necesidad de hollar en esa subjetividad trascendental cuya constitución es motivo de sospecha, para el ciudadano contemporáneo (sobre todo, después de Augswitz), realiza este formidable pensador una serie de investigaciones que le llevan, desde el poner en tela de juicio la segunda meditación de Descartes , a cuestionar una cultura que excluye a la locura, pero que al mismo tiempo, la conserva como necesaria, una cultura que excluye al delincuente, al criminal, marginándolo de los demás, pero que al mismo tiempo, proyecta  la institución carcelaria como modelo  de la sociedad disciplinaria que es la nuestra.

          Mirar el ejercicio del poder, no como un centro que irradie hacia la periferia, sino en  las intrincadas redes que se tejen en todos los ámbitos de la vida cotidiana, en la vida institucional, implica por un lado, aceptar su presencia como  algo que convive en cualquier sociedad, independiente del régimen político de esta. Implica mirar las relaciones de poder, como un  elemento indispensable de  esos juegos de verdad que en las diversas épocas hacen posible la legitimación de los discursos como verdaderos o justos. Mirar el ejercicio del poder no en el sentido negativo, del poder que reprime y que somete sino especialmente desde  su capacidad de producir lo real, de crear  esta trama de relaciones que a través de las prácticas disciplinarias, son asimiladas por los sujetos de forma instrospectiva, hasta llegar al punto álgido de la eficacia del sistema panóptico: el sujeto que se vigila a sí mismo, que se cuestiona y se reprende al actuar desplazado de la normatividad.

          El frontal ataque al estatuto epistemológico de las ciencias humanas, la continua mirada de sospecha hacia los saberes específicos y las subsecuentes  prácticas que los constituyen, hicieron y hacen, hoy, quince años después, indispensable la exigencia de acercarse a su obra, para todo aquel que pretenda  asumir el compromiso de preguntarse por este presente
que estamos viviendo, para quien  tenga el coraje de mirarse a  sí mismo, frente a un espejo y hacerse la pregunta kantiana: ¿Qué somos ?

          Frente a la coyuntura desvelada, al  entrecruzamiento de las líneas de fuerza, hoy emergentes en la panorámica nacional y regional, frente  a la pretensión   globalizante del neoliberalismo, es  parte de cierta higiene mental, de cierta profilaxis, hacer el juego del perspectivismo: ubicarnos en diversas orillas, de forma alternada, conduce a  mirar la escena  con otros ojos. Olvidarnos por un momento del postulado del poder legítimo, para  mirar solo a las prácticas mismas, las estrategias. Olvidarnos del postulado del poder central, para mirarlo allí, en  los hilos más sutiles de la vida cotidiana, de esa existencia que arrastramos  como un fardo, olvidando por cierto que nuestro primer compromiso es vivir y en ese vivir,  elegir un ethos, una manera  de sacar adelante dignamente ese compromiso.

          A quince años de su muerte, es posible que muchas de las afirmaciones realizadas por el pensador, estén siendo replanteadas. Algunas de ellas, relacionadas con posiciones radicales frente a  la función de la cultura en la manera de ser de las personas; pero indudablemente, el  amplio espectro que sobre la investigación científica, la preocupación por los límites de la experiencia, las consideraciones éticas  en torno a los hombres de ciencia e intelectuales, los propósitos de la normalización social, las implicaciones del reformismo en materia política, etc., ha arrojado la obra de Foucault, no podrá borrarse ya jamás de la conciencia del hombre contemporáneo. Ya no volveremos a ser los mismos ni las mismas. Como alguien lo dijera, a pesar del mismo pensador y su pretensión del borramiento del sujeto, del autor anónimo, etc., el prestigio lo convierte en un hito histórico de obligada referencia: antes de Foucault y después de Foucault. Constituye su obra uno de esos espacios donde se realiza una elección original que se erige en base de una cultura. A partir de él, ningún antropólogo, historiador, lingüista, escritor, politólogo, psicólogo, psiquiatra,  filósofo, pedagogo, ensayista, crítico de literatura, filósofo de la ciencia, crítico de arte, jurista, científico o aprendiz de científico que se precie de serlo, podrá abordar su trabajo, su ocupación de intelectual específico, sin insertar el filo de la sospecha, sin atravesar a menudo el velo de la incertidumbre que  produce la conciencia desagregada alerta, frente a la separación de los saberes. El filósofo --a pesar suyo--, historiador, según su propia expresión, cartógrafo, según su amigo Gilles Deleuze,  muestra una trayectoria vital  que  nos  habla de  la mezcla presentida, pero mítica de Dionisos y Apolo, ese desgarramiento que da  lugar a la tragedia en la cultura occidental.

          ¿Será posible entonces, pensar  la  subjetividad, de modo alternativo, capaz de hacer de la ética una estética de la existencia, como recurso  para  borrar  ese  castrante  límite de la razón y la locura? ¿Será posible pensar un mundo, al modo nuestro, donde la experiencia artística no sea tarea de marginados, discriminados, excéntricos y sospechosos de vicio, sino de  una pluralidad de personas que se gozan  mutuamente? ¿Será posible hacer del arte lo que continúa siendo en otras culturas más  elementales, menos complejas, una ocupación u oficio  profesado por  todos sus miembros en alguna medida?

          De alguna forma, siquiera imaginarlo, frente a una experiencia tan devastadora como la intolerancia etnocéntrica que ha privado de patria a grandes comunidades de la Europa oriental, del Africa y  de  regiones como  el sur  de Bolívar, los Santanderes  y tantas  otras regiones de  nuestro territorio nacional, será  algo así como vivir la experiencia del límite: lanzar una mirada transgresora  a  los espacios de despeje, con la convicción de que  el reencuentro no es cuestión de firmas y reparticiones, aún cuando ese siga siendo el  instrumento  más accesible para llegar a acuerdos, no garantiza por sí solo, la supervivencia de la cultura  occidental, extraviada hasta ahora, en los  meandros de la razón ilustrada.

          Barranquilla, agosto de 1999
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©  Ubaldina Díaz Romero

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen I - Número 3
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2000

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
BARRANQUILLA - COLOMBIA

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