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El Maestro Antonio Mora Vélez
y la  poesía esotérica

Otto Ricardo Torres

                    Me refiero  al poemario Los Caminantes del Cielo, de Antonio Mora Vélez, Sincelejo: CECAR, 1999. Lo de Maestro es porque le viene de grado fraternal, no por docente, que tambien lo es.

                    No es frecuente esta poesía en Colombia, si descontamos la de tipo profesional católico, de épocas pasadas --Rivas Groot, Pombo, Ortiz, Domínguez Camargo, Sor Francisca Josefa del Castillo y, más recientemente, el sacerdote jesuita de Roux--. Alfredo Gómez Jaime, próximo a Mora Vélez, le cantó, de modo cósmico, a la tierra, "barco gigante que cruza el espacio". Y, más recientemente, Germán Pardo García, desde México, donde murió rodeado por el afecto de ese gran país.

                    Igual ha ocurrido en España. El catolicismo ha impregnado --ahí sí con buena ley-- la mística peninsular, todo una catedral.

                    Tampoco se nos ha dado la poesía  gnómica o sentenciosa que también floreció en España, con  el Rabino Sem Tob y Antonio Machado y León Felipe, y en Argentina, con R. Juarroz, y, allá lejos,  con el Tao-te-King, de Lao-tsé.

                    Visto en ese contexto, el poemario de Mora Vélez es, más que aporte, fundación de la poesía  esotérica no confesional en Colombia. Alcione, pseudónimo del Maestro Rosacruz Israel Rojas, de vez en cuando incluía un poema suyo de este tipo en los folletos de la Orden Rosacruz. Pero no publicó poemario, que yo sepa.

                    Esto indica que no ha influído en la comunidad nacional nuestro modo  fraternal de partir el pan. Y no solo en poesía, tampoco en política  ni en educación, pues los que hubieran podido ser los representantes de esta luz se han prostituído o han dejado en manos de saltimbanquis las instituciones que nacieron al amparo de esta égida.

                    En Colombia ha predominado la pedagogía del miedo, del terror: que primero asusta y después convence, tipo inquisición, de cualquiera de las derechas  habidas en nuestro medio. O la cultura del lentejismo, que es el portillo por donde mete el egoísmo, la avaricia y la corrupción su hocico de marrano. En la tribu nacional no ha descollado el apóstol sino el avivato.

                    Ante eso, el espíritu de verdad y libertad, fuego sagrado y alma de los hogares iniciáticos, no ha creado cultura en Colombia. Germinamos en el seno de cavernas. Las excepciones se han dado esporádicamente: en la Independencia, en las Tertulias, de donde salieron los próceres; después, con Vargas Vila, panfletario y ruidoso; con murillo Toro, Benjamín Herrera, Sanín Cano, maestros magníficos, con mandil o sin él. Y muy lejos, Nariño y Santander, que no hemos sabido defender, promocionar ni asimilar.

                    A despecho de su espíritu, en Colombia lo esotérico ha sido --con sus excepciones honrosas-- solo motivo de ostentación, de exoterismo, de cambalache comercial, burocrático y político, y no de virtud civil discreta y efectiva.

                    El poemario de Mora Vélez se nutre de astronomía y ciencia astral, de Antiguo Testamento y de Tarot, el Testamento de Hermes Trismegisto --el tres veces grande--. Sin embargo, muy próximo al psalterio, se deja leer por el profano, pues hay una actitud dominante de elogio y devoción por la obra del Gran Arquitecto del Universo. Eso que pudo ser pesado --o 'ladrilludo'-- como tema objeto de la inspiración, surge suelto, liviano, áureo, con ademán de rito de hombre libre. El tono es casi épico, dada la sostenida apología del universo que domina en él. El receptor gana en modernidad, en visión nueva del misterio. David y Salomón le habrían ordenado  música sacra para los oficios del Templo.

                    Si la fuente y el ademán son esotéricos, eso mismo será su lector implícito, su lector implicado, su archilector. Para esto, lo único  que el lector debe hacer es acogerse  a la resonancia de la ley en su interior.

                    Nuestro interior es la esencia, un pozo de luz, donde vive el alma, en su llama tripartita. En este aspecto, el sentido anagógico, propio de los textos iniciáticos, jamás  deberá documentarse en fuente ajena, sino única y suficientemente en el libro de la ley, que se guarda en la conciencia, en el templo interior. La Trascendencia es Viva cuando brilla en el altar personal; de lo contrario, es solo materia de explotación, de subordinación, de hechicería y de terror. YHVH nos hizo y nos quiere y nos recibirá como criaturas libres, dignas, íntegras. Los serviles van al infierno, pues ellos hacen posibles al tirano.

                    Sin embargo --y no es un pero--, como hay en el poemario ciencia imbuída, discretamente ofrecida mediante la emoción  sacra del poeta, el lector ganaría en desciframiento  de algunos poemas a través de la indagación en los contextos --niveles culturales de orden astronómico, astral, hermético, de física del cosmos, de historia de los viajes interplanetarios, amén de los propiamente bíblicos-- matrices de los poemas.

                    Por donde se le mire, el escenario del poemario es el universo y el personaje central y dominante es Él, El Gran arquitecto del Universo.

                    Ya no me cansaré de elogiar en estos poemas   la bien asimilada doctrina de la ciencia y de los libros sagrados. La forma  cordial, de cortesía familiar, con la que se conducen las imágenes, predica el trato asiduo y la convicción acendrada reinantes en su autor.

                    Un problema de la fe es que, generalmente, ella está hecha de dogma, con mengua de la belleza. El feligrés ha sido habituado a sufrir y no a disfrutar con el esplendor maravilloso de la vida, del universo. Llora y no ríe. Y  solo acude a su Creador gimiendo, pidiéndole, y no también para compartir con Él la maravilla exquisita, de relojero, de Su Obra. Ciertamente, ese es un modo de ir, de concebir la vida como un valle de lágrimas. No obstante, al aire libre, la sola belleza universal, visible, es ya el más propicio escenario de diálogo filial, en vivo y en directo, con la divinidad, --Mi ser va a Dios a través de la Belleza, que sabe sin saber cómo--.

Nota: Ver poemas de Antonio Mora Vélez en:


_________________________________________

©  Otto Ricardo Torres

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen I - Número 3
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2000

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
BARRANQUILLA - COLOMBIA

El URL de este documento es:
http://lacasadeasterion.homestead.com/v1n3maestro.html
El Maestro Antonio Mora Vélez
y la  poesía esotérica

Otto Ricardo Torres

                    Me refiero  al poemario Los Caminantes del Cielo, de Antonio Mora Vélez, Sincelejo: CECAR, 1999. Lo de Maestro es porque le viene de grado fraternal, no por docente, que tambien lo es.

                    No es frecuente esta poesía en Colombia, si descontamos la de tipo profesional católico, de épocas pasadas --Rivas Groot, Pombo, Ortiz, Domínguez Camargo, Sor Francisca Josefa del Castillo y, más recientemente, el sacerdote jesuita de Roux--. Alfredo Gómez Jaime, próximo a Mora Vélez, le cantó, de modo cósmico, a la tierra, "barco gigante que cruza el espacio". Y, más recientemente, Germán Pardo García, desde México, donde murió rodeado por el afecto de ese gran país.

                    Igual ha ocurrido en España. El catolicismo ha impregnado --ahí sí con buena ley-- la mística peninsular, todo una catedral.

                    Tampoco se nos ha dado la poesía  gnómica o sentenciosa que también floreció en España, con  el Rabino Sem Tob y Antonio Machado y León Felipe, y en Argentina, con R. Juarroz, y, allá lejos,  con el Tao-te-King, de Lao-tsé.

                    Visto en ese contexto, el poemario de Mora Vélez es, más que aporte, fundación de la poesía  esotérica no confesional en Colombia. Alcione, pseudónimo del Maestro Rosacruz Israel Rojas, de vez en cuando incluía un poema suyo de este tipo en los folletos de la Orden Rosacruz. Pero no publicó poemario, que yo sepa.

                    Esto indica que no ha influído en la comunidad nacional nuestro modo  fraternal de partir el pan. Y no solo en poesía, tampoco en política  ni en educación, pues los que hubieran podido ser los representantes de esta luz se han prostituído o han dejado en manos de saltimbanquis las instituciones que nacieron al amparo de esta égida.

                    En Colombia ha predominado la pedagogía del miedo, del terror: que primero asusta y después convence, tipo inquisición, de cualquiera de las derechas  habidas en nuestro medio. O la cultura del lentejismo, que es el portillo por donde mete el egoísmo, la avaricia y la corrupción su hocico de marrano. En la tribu nacional no ha descollado el apóstol sino el avivato.

                    Ante eso, el espíritu de verdad y libertad, fuego sagrado y alma de los hogares iniciáticos, no ha creado cultura en Colombia. Germinamos en el seno de cavernas. Las excepciones se han dado esporádicamente: en la Independencia, en las Tertulias, de donde salieron los próceres; después, con Vargas Vila, panfletario y ruidoso; con murillo Toro, Benjamín Herrera, Sanín Cano, maestros magníficos, con mandil o sin él. Y muy lejos, Nariño y Santander, que no hemos sabido defender, promocionar ni asimilar.

                    A despecho de su espíritu, en Colombia lo esotérico ha sido --con sus excepciones honrosas-- solo motivo de ostentación, de exoterismo, de cambalache comercial, burocrático y político, y no de virtud civil discreta y efectiva.

                    El poemario de Mora Vélez se nutre de astronomía y ciencia astral, de Antiguo Testamento y de Tarot, el Testamento de Hermes Trismegisto --el tres veces grande--. Sin embargo, muy próximo al psalterio, se deja leer por el profano, pues hay una actitud dominante de elogio y devoción por la obra del Gran Arquitecto del Universo. Eso que pudo ser pesado --o 'ladrilludo'-- como tema objeto de la inspiración, surge suelto, liviano, áureo, con ademán de rito de hombre libre. El tono es casi épico, dada la sostenida apología del universo que domina en él. El receptor gana en modernidad, en visión nueva del misterio. David y Salomón le habrían ordenado  música sacra para los oficios del Templo.

                    Si la fuente y el ademán son esotéricos, eso mismo será su lector implícito, su lector implicado, su archilector. Para esto, lo único  que el lector debe hacer es acogerse  a la resonancia de la ley en su interior.

                    Nuestro interior es la esencia, un pozo de luz, donde vive el alma, en su llama tripartita. En este aspecto, el sentido anagógico, propio de los textos iniciáticos, jamás  deberá documentarse en fuente ajena, sino única y suficientemente en el libro de la ley, que se guarda en la conciencia, en el templo interior. La Trascendencia es Viva cuando brilla en el altar personal; de lo contrario, es solo materia de explotación, de subordinación, de hechicería y de terror. YHVH nos hizo y nos quiere y nos recibirá como criaturas libres, dignas, íntegras. Los serviles van al infierno, pues ellos hacen posibles al tirano.

                    Sin embargo --y no es un pero--, como hay en el poemario ciencia imbuída, discretamente ofrecida mediante la emoción  sacra del poeta, el lector ganaría en desciframiento  de algunos poemas a través de la indagación en los contextos --niveles culturales de orden astronómico, astral, hermético, de física del cosmos, de historia de los viajes interplanetarios, amén de los propiamente bíblicos-- matrices de los poemas.

                    Por donde se le mire, el escenario del poemario es el universo y el personaje central y dominante es Él, El Gran arquitecto del Universo.

                    Ya no me cansaré de elogiar en estos poemas   la bien asimilada doctrina de la ciencia y de los libros sagrados. La forma  cordial, de cortesía familiar, con la que se conducen las imágenes, predica el trato asiduo y la convicción acendrada reinantes en su autor.

                    Un problema de la fe es que, generalmente, ella está hecha de dogma, con mengua de la belleza. El feligrés ha sido habituado a sufrir y no a disfrutar con el esplendor maravilloso de la vida, del universo. Llora y no ríe. Y  solo acude a su Creador gimiendo, pidiéndole, y no también para compartir con Él la maravilla exquisita, de relojero, de Su Obra. Ciertamente, ese es un modo de ir, de concebir la vida como un valle de lágrimas. No obstante, al aire libre, la sola belleza universal, visible, es ya el más propicio escenario de diálogo filial, en vivo y en directo, con la divinidad, --Mi ser va a Dios a través de la Belleza, que sabe sin saber cómo--.

Nota: Ver poemas de Antonio Mora Vélez en:


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©  Otto Ricardo Torres

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen I - Número 3
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2000

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FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
BARRANQUILLA - COLOMBIA

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